miércoles, 29 de abril de 2009

Del virus de la influenza porcina y del discurso para creer en lo que no se ve

El pasado viernes 24 de abril la Ciudad de México sufrió una alteración drástica en su rutina. Se decretaron contundentes acciones gubernamentales para controlar el brote epidémico por influenza porcina. El mapa de la actual extensión de los contagios abarca muchos otros países del mundo como Nueva Zelanda, España, Israel, Inglaterra… aunque de acuerdo a los comunicados sólo en México hay muertos.

A sólo cinco días de iniciadas estas acciones se han alzado algunas voces poniendo en duda algunos decretos (como el cierre de los restaurantes en la Ciudad de México), cuestionando el riesgo ("¿quién a visto a alguno de los fallecidos por influenza porcina?" preguntaban incisivamente ayer en un programa televisivo), o incluso acusando al gobierno por encabezar una escalada de caos.

Con acontecimientos dramáticos como un sismo, una inundación o un fenómeno natural “evidente” es de alguna manera más sencillo involucrar a cientos, a miles o a millones a escuchar y atender los discursos de quienes toman las decisiones una vez involucrados en la crisis, y actuar en consecuencia para salir de ella. Cuando se trata de un “fenómeno no evidente” la situación cambia por completo.

Una catástrofe natural evidente no requiere demasiado discurso para ser aprehendido por los demás. Bástenos recordar las imágenes del tsunami del 26 de diciembre de 2004 o del sismo en la Ciudad de México el 19 de septiembre de 1985. Un virus mortal invisible, no obstante tenga el potencial para matar, requiere del discurso para otorgarle no sólo nombre, también cuerpo. Para que ese discurso vaya más allá del darle corporeidad a algo invisible y mover a actuar a decenas de miles de personas se requiere de un elemento más que pocas veces vinculamos con la ciencia, aún más, con frecuencia la consideramos desvinculada naturalmente de la ciencia: la creencia… la fe. Pero eso, la fe, la necesidad de confiar, está dramáticamente ligada a la naturaleza humana.

Greimas & Courtès en su libro Semiótica. Diccionario razonado de la teoría del lenguaje, caracterizan la creencia como una modalidad de adhesión subjetiva a la validez de una afirmación o de un conjunto de afirmaciones. Las estrategias retóricas para construir una creencia pueden ser diversas. Cognitivamente hablando para construir algo que no existe tenemos que echar mano de pruebas, y dichas pruebas han de ser evidentes para quienes pretendemos convencer.

Para el caso que nos ocupa, los marcos explicativos que nos demuestran que existe un virus mortal van más allá de lo meramente científico, pese a la fe que el público pueda tener en la ciencia. Y es que un brote epidémico (¡encima de un virus desconocido!) involucra a muchos más actores que la vertiente únicamente científica. Bástenos revisar una lista de acciones que ya se tenían previstas por el sector salud en México para realizar antes, durante y después de una pandemia. Las acciones van desde lo más trivial, como puede ser una red para la comunicación interna entre pequeños grupos humanos hasta lo más complejo, como prever acciones económicas y gubernamentales para suspender actividades y asignar recursos extraordinarios a acciones extraordinarias. Para el control de un brote epidémico se involucran demasiados actores, además de los científicos, como para ahondarse en las minucias de la certificación de la veracidad de la vorágine de información que nos inunda en una sociedad como la actual.

Me comentaba una vecina hace un par de días: “De verdad ha de estar feo todo esto, hasta el arzobispo canceló las misas y sacaron al Cristo de la Catedral…”, en efecto, el Cristo de la Salud que se resguarda en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México salió de su recinto en solemne procesión para pedir por la pronta recesión del actual brote epidémico. La anterior ocasión fue en 1850, cuando el cólera asoló a México. No hay que desgastarnos en opinar en contra de demostraciones de este tipo, si signos como este y como muchos otros “acientíficos”, pero inocuos, nos llevan a actuar en conjunto para, en primera, creer que existe un gran riesgo y segundo, establecer nuestro personal nivel de acción y compromiso para sumarnos a los procedimientos en contra de la extensión de la epidemia. Las compras de pánico no son un signo inocuo, y no hay comunicados oficiales al respecto (como sí sucede cuando se espera la llegada de un huracán) por lo que esta situación sí debería evitarse.

Finalmente la creencia, reitero, es una adhesión subjetiva a la validez de una afirmación, y aquí las palabras clave son subjetiva y afirmación; y desde ahí, desde la forma en que se apela, con afirmaciones coherentes y fundamentadas, a la subjetividad de cada quien, se han de promover acciones conjuntas que son con las que finalmente se logrará un efectivo control de una crisis masiva. Si el discurso es coherente y congruente con lo que parece estar sucediendo atendamos las disposiciones que se sugieren y mantengámonos alertas a los nuevos comunicados. Al fin y al cabo parece ser una creencia bien fundada… y nuestra vida puede estar en entredicho.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Libia: Estamos ante un enemigo invisible, de aquellos que tengo costumbre de combatir -a imagen y semejanza de Cyrano de Bergerac-: La codicia, el egoísmo, el fanatismo, la falta de soberanía racional, la necedad, etc. Estos enemigos son enormes y su daño es desproporcionado dado su carácter invisible. Siempre he enseñado a mis alumnos a combatirlos como a una verdadera endemia. ¿Qué más? Besos. Caro

Mario A. Mora Lara dijo...

Hola, que buen comentario.

por costumbre desacreditamos todo lo que nos diga el gobierno, y en casos como estos, eso puede ser muy peligroso.

gracias por compartir tus ideas