miércoles, 19 de octubre de 2011

Opiata dentífrica




Las pastas dentales son de lo más común en la actualidad. Existen una gran cantidad de marcas y una larga lista de productos con los más diversos ingredientes, los más comunes son el fluoruro de sodio y el flúor. La denominación común es pasta dental o crema dental. Hace cien años uno no encontraba estos productos en lo anaqueles de una tienda. Bueno, las tiendas tampoco eran lo que son actualmente.

Recientemente encontré un hermoso periódico fechado en Madrid, el 14 de julio de 1901: “La moda elegante”. El subtítulo es: “Periódico especial de señoras y señoritas, indispensable en toda casa de familia”. El formato es tabloide. El número que encontré, Año LX, número 26, está en muy buenas condiciones. En general trata de moda, en efecto. Añade los patrones de la moda más refinada de la época: largas faldas que hacían indispensable el corsé, porque la cintura obligatoria era por lo general de 50 centímetros (¡caramba!), blusas con muchísimos ribetes, moños y demás adornos, guías de bordados y tejidos para complementar los vestidos, recetas de cocina, poemas, ¡y recetas farmacéuticas!

Encontramos en este periódico, como en muchos de principios del siglo XX, publicados también en México, numerosos anuncios de productos “científicamente superiores” a los que se ofrecían tradicionalmente hasta entonces. Se subrayaban en el discurso características “modernas” como: “La higiénica agua vegetal de arroyo…”, “Royal Windsor. El célebre regenerador de los cabellos…”, “Harina lacteada Nestlé… Recomendado desde hace 35 años por las Autoridades Médicas de todos los Países…”, “Anemia, clorosis, debilidad, curadas por el verdadero Hierro Quevenne. Único aprobado por la Academia de Medicina de París. 50 años de éxito…”… y así decenas más de productos. Sin embargo, aún eran poco comercializadas las pastas dentales.

En la sección “Correspondencia particular” se daba respuesta a todo tipo de cartas, desde consultas sentimentales hasta ofrecer recetas de cocina. Encontré también recetas farmacéuticas, incluyendo una para preparar la “Opiata dentífrica”.

El término “opiata” es de lo más inusual en nuestro léxico actual. El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice: “Electuario en que no entra el opio, formado por la mezcla de algunos polvos aglomerados con jarabe o miel”. La definición de la palabra electuario es: “Medicamento de consistencia líquida, pastosa o sólida, compuesto de varios ingredientes, casi siempre vegetales, y cierta cantidad de miel, jarabe o azúcar. En sus composiciones más sencillas tiene la consideración de golosina”. Así que bien podríamos traducir “Opiata dentífrica” como actualmente la conocemos: “Pasta dentífrica”.

¡Por cierto! Dudé cuando leí "dentífrica". Luego la busqué en el diccionario, y en efecto, así aparece. Sin embargo siempre la he pronunciado como "dentrífico" o "dentrífica". Pregunté a algunos compañeros de trabajo y todos coincidieron, siempre la han escuchado como "dentrífica", de hecho me parece más fácil pronunciarla así, con terminación "trífica", no con "tífrica". Pero según lo que consulté lo correcto es "dentífrico". Me quedo con la tarea de consultar con alguien especializado en fonética, porque sí me suena más sencillo pronunciarlo como "dentrífico".

Lo que podríamos considerar extraño en la fórmula que publican en 1901 es que encontramos en una opción carbón y quina, y en otra cloruro de sosa. Además no apunta la receta que se deban evitar las caries, parecería que se asume como un hecho que los adultos tengamos caries, aunque éstas se blanqueen: “… conserva la blancura de los dientes cariados…” Infiero que la cura de las caries no era un objetivo primordial entonces.

Un pequeño detalle más, relativo al diseño editorial en sí. Ya desde 1950 es común que la separación entre los diversos contenidos, y temas, que se abordan en una publicación periódica sean evidentes; en algunos medios se presentó algunos años antes este diseño editorial. En el segmento que dejé aquí, tomado del periódico original de 1901, encontramos que punto y seguido, una vez terminadas las instrucciones e ingredientes para la fabricación y utilización de la opiata dentífrica hay un “2.a. Pelota catalana”, que es una receta de cocina. A la usanza de las recetas del siglo XVIII y XIX no señala puntualmente cantidades de los ingredientes: huevos, pan rallado, jamón, tocino, perejil; tampoco señala el tiempo de cocción… en fin, que se sirve con el cocido.

Si le gusta experimentar, y no quiere hacerlo con la receta de la opiata dentífrica (¡y menos aún desea probarlo en sus dientes!), puede hacerlo con la pelota catalana, ¡podría ser un delicioso encuentro con un pedacito de historia!

miércoles, 5 de octubre de 2011

Los discursos que se confunden




Ya he comentado en otras ocasiones los “papelitos” que circulan de mano en mano, en la calle, con contenidos de todo tipo, incluyendo los científicos. También hemos abordado algunos aspectos de este tipo de publicaciones en otros siglos y en otras latitudes.

En una gran manifestación en el centro de la Ciudad de México, el domingo 8 de mayo de 2011, se repartieron muchísimos papelitos como el que muestro aquí.

“El regreso del maestro”, se lee en el gran título.

La mezcla y confusión de discursos míticos y pseudofilosóficos con los discursos de divulgación científica son muy usuales para lograr colocar un producto o una idea, o incluso motivar a ciertas acciones. Al investir los discursos de características científicas se busca que sean más creíbles, porque contienen “verdades científicas”; las “verdades religiosas”, éticas o filosóficas ya no tienen el impacto que tenían hace siglos, así es que se recurre poco a este tipo de recursos discursivos.

El documento habla de la alineación magnética (¡ojo!, ¡magnética!), Venus, Júpiter, el Sol, Marte, Saturno, Mercurio, la Tierra y la Luna.

Además de los factores astronómicos (que más parecen astrológicos), detalla todo un análisis numerológico y recurre a la estrategia de hacer referencias doctores e instituciones que tengan un nombre distinguido, para validar lo dicho: el Doctor Gerardo León del Instituto Ashar Internacional de la Academia de la Ciencia Futura y de las Tradiciones Autóctonas. Ninguna de las dos instituciones aparecen en la búsqueda sencilla por medio de google, en internet.

Además extrapola discursos y contenidos científicos directamente a contenidos completamente disociados de aquellos: “… de modo que el principio de la relatividad de Einstein quedaría establecido así: “El espíritu no se crea ni se destruye, sólo se transforma”, lo que en teología equivale a: “Yo soy el que soy, Principio y Fin, el Alfa y la Omega”.

Se muestran planos, incluso uno con una serpiente sobrepuesta.

Richard Dawkins, científico, autor del libro “La desilusión de Dios”, abiertamente se opone a cualquier religión, o idea religiosa, porque argumenta que ello nos aparta del pensamiento racional que otorga la ciencia, y que dicho pensamiento racional idealmente debería ser adoptado por todos los seres humanos. Stephen Jay Gould manifestaba otra idea al respecto, exponía que existía lo que se puede traducir como “los ministerios que no se oponen”, esto sería muy semejante a la máxima bíblica: “A Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César”.

Personalmente coincido con la postura de Stephen Jay Gould; sin embargo, estoy de acuerdo con Richard Dawkins sobre que la contaminación de los discursos que confunden a la población sobre los auténticos conocimientos científicos y sus alcances dentro de las decisiones personales debería evitarse, porque las repercusiones pueden ser catastróficas. Y tiene razón. Sin embargo, ello sólo se logrará con educación y la consistente insistencia en que la misma población conozca la diferencia entre un tipo de discurso y otro, y valore en su justa medida cada uno de ellos.


No hay que confundir, los discursos como el que presenta este papel suelto son francamente ideológicos y su argumentación científica sólo abona a un discurso que nada tiene que ver con las finalidades de la ciencia, ni de su divulgación. Si uno decide creer en la filosofía maya, tibetana, cristiana, la numerología, la astrología, y todo lo que se le relacione, es decisión personal, así como la influencia que uno decida que tendrá dentro de nuestras vidas; pero no nos engañemos, lo que muestra “El regreso del maestro” no es ciencia, ni divulgación de la ciencia.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

El aspecto financiero de las expediciones científicas en la Nueva España

El costo de las expediciones españolas al Nuevo Mundo fue monumental, y ninguna otra nación invirtió tanto en ellas, con razón Humboldt “Ningún gobierno europeo ha sacrificado sumas más considerables que el español para fomentar el conocimiento de los vegetales”… claro que las investigaciones iban mucho más allá que los vegetales.

El Ministerio de Hacienda de España e Indias no sólo cubría los gastos completos de la expedición, también pagaba la publicación de los resultados científicos obtenidos de ellas. La primera publicación de la Expedición Botánica de Hipólito Ruiz y José Pavón (1777-1788) a los reinos de Perú y Chile fue: “Quinología o tratado del árbol de la quina o cascarilla, con su descripción y la de otras especies de quinas nuevamente descubiertas en Perú”. Pese a todo la Real Hacienda no tenía tantos recursos, así es que recurría a la solicitud de donaciones que hacían posible sobre todo estas publicaciones.

Consta en documentos históricos que la planeación financiera de las expediciones era de lo más escrupulosa: partidas para libros, instrumental científico (que se adquiría en el extranjero e implicaba gastos extra por la transportación), amén de que al amparo de estas exploraciones nacieron profesiones científicas formales: directores científicos, dibujantes e instrumentistas.

La asignación del salario fue una cuestión que debió crearse, y de director en director, o dibujante en dibujante, los montos cambiaban drásticamente. Hipólito Ruiz tuvo un sueldo de 1,000 pesos al año, al igual que todos sus asociados científicos. A Martín Sessé en México se le asignó un salario de 2,000 pesos al año, aunque quizá se consideró que él también fungía como Director de Jardín Botánico de México.

Bartolomé Sureda, uno de los encargados del mantenimiento de los instrumentos científicos en la expedición de Hipólito Ruiz, tenía asignado un salario de 600 pesos anuales. Un sueldo que no era desdeñable para la época, sin embargo, si consideramos la lentitud con la que en ocasiones recibían el pago, las deudas ya se habían acumulado hasta el cielo cuando por fin llegaba el dinero.

Este tema, desarrollado sesudamente por María Luisa Martínez de Salinas Alonso, y otros temas interesantísimos están compendiados en el libro: “De la Ciencia Ilustrada a la Ciencia Romántica”. Un docto recorrido histórico por la historia de las expediciones científicas a la Nueva España pero desde perspectivas que pocas ocasiones tenemos oportunidad de conocer: las expediciones científicas y la Real Hacienda, el comercio de la ciencia en el siglo XVIII, política internacional y expediciones científicas en el siglo XIX.

Lo único que me hace suspirar es que lejos, muy lejos se ve que alguna vez se aplique a México una frase similar a la que Humboldt escribió sobre España: “Ningún gobierno europeo ha sacrificado sumas más considerables que el español para fomentar el conocimiento…”; el gobierno mexicano invierte poco, y mal… pero esa es otra historia. Si le interesa le libro, ojalá lo encuentre, ¡y disfrútelo!¡Es genial!

martes, 6 de septiembre de 2011

Cuando la vida pende de un hilo… discursivo

El conductismo apareció primero como una teoría psicológica y después migró a la educación y a algunos otros campos de estudio. El experimento paradigmático del conductismo lo realizó Iván Petróvich Pavlov, quien formuló la ley del reflejo condicionado. Tomó a varios perros y condicionó la respuesta de salivación por el alimento que recibían al mismo tiempo que escuchaban un sonido; una vez establecida la conducta, aunque no se les presentara comida con sólo escuchar el sonido los perros respondían con salivación.

El conductismo ha sido criticado en las últimas dos décadas, sobre todo porque se vincula estrechamente a una propuesta que acota drásticamente la libertad humana y en muchos sentidos anula la voluntad personal.

El discurso del conductismo se ciñe en muchos sentidos al denominado discurso instruccional, que siendo muy reduccionista es un: “Usted no piense, sólo siga las instrucciones”. Ese lineamiento general parece coherente con un ejército, pero no es aparentemente útil en otros campos. Pero el discurso instruccional conductivista puede ser no sólo útil, sino vital.

¿Ha entrado a una mina? ¡Son impresionantes! Cuando uno apaga la luz del casco en cualquier labor de la mina la sensación es sofocante y puede ser desconcertante. Aún teniendo la mano pegada a los ojos no se ve, ¡en verdad no se ve nada! Y si no hay actividad cercana, tampoco escuchara algo. Cuando hay sonido el ruido es atronador, y entre el humo, el polvo, el calor y el estrés nadie se puede permitir un error, por mínimo que sea.

Con frecuencia se piensa que los médicos tienen una de las profesiones más complicadas, en cuanto a decisiones éticas se refieren, y lo es en efecto, porque tienen vidas humanas en sus manos. Sin embargo también hay muchas otras profesiones que tienen una gran cantidad de vidas humanas bajo su responsabilidad, incluso cientos en un instante, y no estamos muy conscientes de ello, como los controladores de vuelo en los aeropuertos. En algunas profesiones dicha responsabilidad es eventual, pero en otras el peso de velar por la vida de otros es algo cotidiano, esto sucede en las minas. Lo importante es que quien tenga ese compromiso esté consciente de ello.

Cada responsable de una cuadrilla en una mina dará cuenta por cada persona que entra: entra completa, completa debe salir.

Estoy casada con un Ingeniero Geólogo, Oscar, quien ha trabajado durante años en el gremio minero. Es muy responsable y cuidadoso; afortunadamente ha sido eventual el que padeciera algún accidente, él o su equipo de trabajo. Hace algunos años enfrentó una lamentable situación. Al ir saliendo de una mina, caminaban varios en dos grupos dispersos, iba él en el primero, no más de dos minutos atrás caminaba el segundo grupo. Cansados, sudorosos, había concluido la jornada. Pasó el primer grupo por un punto en particular, y apenas habían dado unos cuantos pasos y un sonido estremecedor golpeó sus espaldas. Como en un parpadeo sobre del segundo grupo cayó un bloque de roca del cielo de la mina. Algunos corrieron pero dos cuerpos yacían bajo los escombros, el desconcierto se hizo presa de todos.

Se suponía que esa área por donde transitaban era una zona segura, pero lo cierto es que por mucho que se ajusten las conductas y las estructuras a las normas de seguridad una mina jamás será un sitio ciento por ciento seguro.

En la mayoría de las empresas mineras el color del casco, por sí mismo, implica un código o un rango. Los ingenieros usaban en ese momento un casco blanco, el responsable de la cuadrilla completa: Oscar portaba el casco blanco. En segundos que pacerían horas sintió que veinte mil pensamientos se agolpaban en su mente. Además de las decisiones que tenía que tomar, por su propia seguridad, tuvo que pensar en la del resto; sumado a ello tenía que dominar sus sentimientos ante una contingencia tan terrible. Algunas voces apuraban a ir por los caídos, el caos se apoderaba del grupo, Oscar trató de alzar la voz: “¡Rivas, la luz al cielo!”

Titubeos, ninguna acción concreta.

Con mucha más energía Oscar insistió: “¡Rivas la luz al cielo!¡Todos revisen el paso!”

Rivas y los demás orientaron sus lámparas al cielo de la mina. Las luces alumbraron la zona de donde se había desgajado la roca. Oscar visualizo dónde se había desprendido la roca y después revisó todo el entorno. Después dio la orden: “¡José, las camillas!”, y se dirigió a los caídos. Los demás lo siguieron.

Todos eran un manojo de nervios. No era para menos. Uno de los mineros caídos falleció.

Un incidente de este nivel implica una vasta investigación. Una de las líneas que se siguió fue precisamente reconstruir el caótico y mortal acontecimiento y valorar las instrucciones que se dieron, y las que se siguieron. Algún trabajador aventuró la posibilidad de negligencia por parte de Oscar, porque no dio de inmediato la orden de ir por los caídos; otro secundó que quienes permanecieron parados junto a él debían haber ido por los caídos de inmediato, con o sin orden. Ninguno de ellos dos consideró que la instrucción tenía un sentido mucho más profundo, que en ese tipo de contingencias es parte de un procedimiento: primero había que establecer por qué cayeron las rocas, y si seguirían cayendo; si el terreno presentaba alguna fractura, o si no había suficiente soporte del macizo rocoso, porque en cualquier circunstancia en la que se esperara otro desprendimiento de roca la instrucción era que todos salieran, antes de que alguien más arriesgara la vida en un sitio de evidente riesgo mortal. En un caso así, dado que ya no es posible eliminar el daño que provocó el accidente, su impacto debe minimizarse y evitar que afecte a más trabajadores, sobre todo, la prioridad es preservar la integridad y la vida de los restantes.

Finalmente después de una ardua investigación se concluyó que se siguieron los pasos correctos en un acontecimiento tan lamentable como el ocurrido.

Este proceso que puede identificarse con una acción conductista y un discurso instruccional acorde se fundamenta en profundísimas raíces humanas, casi pueden ir más allá, en otros animales: la confianza. No es sencillamente que se escuche el sonido de una campana y se produzca salivación.

Rivas (como los demás), con lustros de trabajo en la mina, no tenía cabeza para pensar, es lógico estaba aturdido por lo ocurrido, pero confió (casi se diría que inconscientemente) en que Oscar sí tenía cabeza para pensar, y pensar bien, y sobre todo, que le indicaría los pasos a seguir para su propia seguridad… porque era el del casco blanco, un código bien establecido. La confianza del grupo estaba deposita en alguien que debía saber qué hacer, y en efecto los hechos lo demostraron.

Esto es lo clave que se deriva de esta disertación: entregamos nuestra propia seguridad en manos de quien consideramos que sabe lo que nosotros no sabemos, en determinadas circunstancias, por nuestro propio bien.

El Dr. Carlos López Beltrán llama a esto “delegación epistémica”. Un título un tanto complejo para un hecho perenne en la humanidad, y que en resumidas cuentas es sencillo: yo me pongo en las manos de aquel en quien confío porque tiene mejores y más vastos conocimientos sobre lo que en ciertas circunstancias es mejor para mí. No es tanto la conducta infantil de un niño que sigue a pie juntillas las órdenes de su madre, es más bien lo que cualquiera de nosotros hace frente a un médico; no obstante uno tenga el padecimiento y el dolor, confiamos en que el médico sabrá por qué me duele y también hará lo conducente para remediarlo. Pero es muy distinto tratar una situación programada en un consultorio médico que una alarmante contingencia cuando menos se espera.

No todos tenemos los nervios de acero para ciertas profesiones, como los mineros. En alguna ocasión conocí a la esposa de Rivas. Muy agradecida comentaba que ella prefería que su esposo estuviera en el grupo de trabajo de Oscar, porque sabía que regresaría completo, y bien… ¡qué entrañable cumplido… sobre todo para Oscar!

viernes, 26 de agosto de 2011

La memoria semántica funcional

Existe algo que los especialistas en neurolingüística y lingüística denominan procesamiento cognoscitivo de información. Es un nombre rimbombante para algo tan simple como decir: “cómo es que pensamos lo que pensamos y actuamos en consecuencia”.

El procesamiento cognoscitivo de información implica, en primer término el establecimiento de una macroestructura del discurso que el oyente determina ante un hecho; un ejemplo burdo es: puestos de pie frente a un mostrador en el que el vendedor acaba de entregar a un cliente dos paquetes de salchichas, se le llama la atención al vendedor y se le dice cortésmente: “Me da a mi dos también, por favor”, con ello es más que suficiente para que todos los implicados en ese reducido circuito de comunicación entiendan que usted pide dos paquetes de salchichas, de “esas” salchichas. Ese sería un procesamiento simple en muchos sentidos.

Un procesamiento cognoscitivo complejo supone la concatenación de más de una macroestructura, de las reglas que se deben de considerar en cada una de ellas y de los objetivos (conscientes o inconscientes) que tengamos comprometidos en ellas. Todo esto junto construye en un sujeto, según Teun A. Van Dijk, uno o varios hechos en una memoria semántica funcional, un tipo de guión mental, que se elabora y reelabora en microsegundos, que determina lo que ya se tiene, lo que se espera tener y cómo actuar en consecuencia. Van Dijk lo explica en función del discurso.

Realmente nunca somos cabalmente conscientes de nuestra memoria semántica funcional cuando estamos inmersos en los intercambios coloquiales; aprendemos a “comportarnos” en sociedad, en familia, en el trabajo y en la calle, y a comunicarnos sin pensar muy a fondo en cómo son nuestras comunicaciones.

El caso es que la memoria semántica funcional es sumamente reducida y está cimentada sobre de una gran cantidad de información y esquemas previos (marcos singulares de conocimientos, normas propias de coherencia, conexiones semánticas personales, etc.). Van Dijk ofrece un dato concreto al respecto, la capacidad de esta memoria no es de más de siete trozos de información semántica, sólo siete. Esta información se sopesa, evalúa y sintetiza en un parpadeo (sobre todo cuando la comunicación es oral e informal); de este proceso se arroja una macroproposición (sólo una), que va dando sentido al discurso, y que integrará al siguiente bloque de información semántica, y así sucesivamente mientras dure la comunicación. El proceso es un ciclo.

La información que se considera que ya no se necesita para comprender nuevas oraciones (que se crea que eso ya está dicho), se pasa de largo, y sólo se empieza a poner atención en la nueva información.

Pueden pasar dos cosas, o que todo el discurso se considere tan repetitivo que ya no creamos necesario incrementar con información nueva ese intercambio (lo cual podría aburrirnos o disgustarnos), o que se incluya tanta información nueva que sea imposible integrarla adecuadamente, vaya, como en cualquier computadora, la memoria se satura (lo cual también podría generar disgusto o al menos desconcierto). En cualquiera de los dos casos ya no se admite más información.

En estudios complejos que se han hecho sobre el funcionamiento de la memoria semántica, se muestran varias oraciones a ciertas personas. Frases muy concretas, aparentemente sencillas. Después de un mes dichas personas no recuerdan más del 30% de lo que leyeron, casi ninguna recuerda exactamente una oración (se describe el tema o el asunto principal), y las oraciones que se recuerdan están dentro del campo de los intereses de cada persona. Además, si se les previene sobre la prueba que se hará después recuerdan un poco más, si no se les advierte que deben conservar esa información, difícilmente tratan de conservarla; sin embargo la diferencia no es abismal entre ambos grupos. Otro aspecto que reveló el estudio es que la memoria semántica funcional está intrínsecamente vinculada a culturas específicas.

Sin ir mucho más allá, porque esta disertación tiene tantas aristas y variables que podríamos enfrascarnos años en esto, y arriesgándome en caer en un reduccionismo ingrato, considero que es porque así funciona nuestra memoria semántica funcional mexicana, que la divulgación de la ciencia en nuestros medios masivos de comunicación es tan reducida y tiene tan bajo impacto. Es difícil permear marcos tan establecidos, con los que nacemos y vivimos día a día, y con los que en general valoramos que estamos bien, por eso no los cambiamos.

Muchos mexicanos no visitamos más museos, porque creemos que en la mayoría hay “más de lo mismo”, no leemos más libros porque en muchos libros “se escribe lo mismo”, no asistimos a más espectáculos culturales porque todos “son lo mismo”, y finalmente la ciencia “es la misma”: difícil, aburrida y de unos pocos.

Uno de los asuntos de fondo es que como divulgadores seguimos mostrando a la ciencia como un objeto, un producto terminado, más que como un proceso; no la mostramos como “algo” que las personas puedan integrar a su vida completa, sino como “algo” que simplemente es un gran cúmulo finito de datos (punto menos que dogmas), “algo” que conectan o desconectan, toman o no toman, utilizan o no utilizan, pero que si está o no está no implica gran diferencia, y en la que no tenemos ninguna participación.

Cuando podamos crear discursos de divulgación científica con los que hagamos sentir que la ciencia es parte de nuestras vidas e instemos al receptor a integrar siempre nueva información; información que vaya más allá que datos que lo conviertan en un sabiondo adicto al Discovery Channel; información con sentido integrada a sus decisiones de vida, entonces y sólo entonces, estaremos haciendo una nueva divulgación de la ciencia… no sé si eso será posible o realista… pero de eso hablaremos después.

martes, 23 de agosto de 2011

La teoría del Big Bang


Hace ya unos diez años, cuando trabajaba con el Dr. Miguel Ángel Herrera en cierta ocasión saqué a colación en una conversación a Niurka, quien estaba entonces muy de moda por sus reveladores trajes de sólo tres corcholatas (imagine el lector dónde colocaba cada una de ellas) y las escandalosas revelaciones que hacía ante la prensa. Le comenté que cómo era posible que no supiera algo una artista tan conocida en ese momento, argumenté que eso era parte del bagaje de la cultura popular que tenemos que considerar a veces los divulgadores; respondió: “Quizá sí la vi y se me olvidó, o no sabía cómo se llamaba”. Al día siguiente le llevé una revista de espectáculos donde aparecía Niurka, vestida “para matar”. La vió, y arqueando las cejas sobre de sus lentes que resbalaban sobre su nariz, contempló la deslumbrante imagen y dijo: “No pues no, si la hubiera visto no se me hubiera olvidado”.

Es indudable que el contexto en el cual vivimos en muchos sentidos no está decidido personalmente, sin embargo el conocimiento y la conciencia que tengamos de ese contexto sí puede estar mucho más bajo nuestro control. También es cierto que un contexto tan amplio, y con frecuencia banal, que tenemos a la mano, nos deja poco margen para considerar salvable o valioso en algunos aspectos algo de lo mucho que ofrece.

Sin embargo, me gusta ver algunos programas de televisión, incluyendo los que tienen que ver con espectáculos, aunque sólo sea para enterarme del último chiste de una tontería que le endilgaron a Ninel Conde. Así es como llegue a seguir con frecuencia el programa de Álvaro Cueva, Alta definición, que se transmite en el canal 40 los sábados a las 8 de la noche. A mi juicio un excelente programa de análisis de contenidos de la programación televisiva en México.

En Alta definición de tiempo en tiempo se hacen consultas al público para saber cuáles son las mejores caricaturas, los peores programas de televisión, los mejores artistas de telenovelas, y así por el estilo. El sábado pasado, 20 de agosto de 2011, se transmitió el recuento de las mejores 25 series que a juicio del público se estaban transmitiendo en este momento en la televisión mexicana. Además de que salieron a relucir muchas series de policías, otras más de hospitales o de médicos, lo que me sorprendió es que la que quedó en el número uno de la lista, recalco, de 25, fue La teoría del Big Bang (The Big Bang theory).

Por encima de todas las series de detectives, policías y ladrones; médicos y salas de emergencia; por encima de todos. Lo que me pareció más significativo es que es una lista que se produce a partir de las votaciones de miles de televidentes.

Comentaré primero brevemente sobre qué trata la serie La teoría del Big Bang, para quienes no la conocen: los protagonistas son dos físicos que comparten un departamento (Sheldon y Leonard), que tienen a dos amigos, un ingeniero y un astrofísico (Howard y Raj) y que tienen como vecina a una aspirante a actriz, Penny. El desarrollo de los episodios transita entre las implicaciones de vida de los científicos, que trabajan en el Instituto Tecnológico de California, la vecina y el mundo “real”.

Primero diré lo que no me gusta del todo de la serie, que a decir verdad es lo menos: considero que reproducen el esquema generalizado de que los científicos son personas raras, desconectadas de la realidad, que no entienden (y que no les interesa entender) nada fuera de lo que sucede en sus laboratorios y que la ciencia es difícil y desagradable. Aunque admito que, conociendo a muchos científicos, la manera en que algunos de ellos se desenvuelve en la vida real alimenta con mucho dichos presupuestos, ¡y se enorgullecen de hacerlo! (para detrimento de la divulgación de la ciencia, debo subrayar).

Por otra parte lo que me encanta de la serie es que es un excelente programa de comedia (he reído hasta que me duele la panza con algunos de sus chistes) y muestran una ciencia real (¡tienen unos excelentes asesores!).

En definitiva el balance es que lo considero un gran programa de televisión.

Es maravilloso que siendo un programa de comedia, y de ese tipo de comedia, le guste a tantas personas. El discurso de la comedia requiere un ingrediente muy relevante para apreciarse, porque sólo nos reímos si le entendemos al chiste; y el que muchas personas entiendan y aprecien lo que muestra La teoría del Big Bang es sencillamente genial.

Me encanta la idea de saber que en un conteo de 25 series de televisión que se transmiten en México ahora, La teoría del Big Bang sea el número uno, según el voto de miles de mexicanos. Me congratula el hecho porque es la única serie que tiene en muchos sentidos ciencia (personalmente creo que Dr. House es más el drama de un personaje y sus circunstancias); además La teoría del Big Bang presenta aspectos muy puntuales del mundo de la ciencia, y de una ciencia abstracta y alejada del público, porque los programas médicos siempre han sido muy apreciados (desde la más remota antigüedad el hombre se preocupa por su salud), así es que las series con estos contenidos tienen de alguna manera el camino mucho más allanado para ganarse la preferencia del público.

Hace años me hubiera gustado que a muchas personas les encantara la serie Cosmos, de Carl Sagan. Pocos conocidos la vieron, menos son aún quienes la siguieron con avidez. Hoy soy optimista, entre todas las malas noticias que tenemos todos los días, si a miles de mexicanos nos gusta la serie La teoría del Big Bang, y la preferimos sobre de decenas de otras series de televisión, ¡esa sin duda es una excelente noticia!

viernes, 12 de agosto de 2011

Piorrea, ¿la pio… qué? ¡rrea! ¡Ah!



La piorrea es una enfermedad de los dientes; sí de los dientes, aunque suene a otro tipo de enfermedad.

La terminología médica ha cambiado mucho en los últimos cincuenta años. Alguna vez alguien me comentaba que antes no existían muchas enfermedades que hoy “matan a tantos”; “¿Ah, sí?”, repuse intrigada, “¿cuáles?”; “El cáncer, los niños que nacen con deformidades, las caries… además, ¡ahora hay tanto estrés!” ¡Por supuesto!, pensé, sólo lo pensé, no fui tan descortés de decir palabra, en las terribles guerras que han asolado al hombres (desde la más remota antigüedad), la población no se estresaba, no importaba si el sitio duraba días, semanas, meses, ¡o años! (como las cruzadas), como el estrés no existía, ¡todo era tan diferente! Parece que aún perdura el dominio del “todo tiempo pasado fu mejor”.

No cabe duda que lo que no se nombra no existe. La palabra tiene un poder, quizá absoluto, sobre la realidad. Muchas enfermedades, aunque existan, como tenían otro nombre, parecería que nunca existieron.

Sin duda miles de humanos de siglos pasados han muerto de cáncer, enfermedades vinculadas al estrés; y muchas criaturas recién nacidas vieron sus vidas truncadas drásticamente porque tenían alguna deformidad evidente, incluyendo el Síndrome de Down, así es que morían a manos de la misma partera.

Los problemas dentales representaron sin duda un gran sufrimiento. Los aztecas creían que las caries las causaban los cambios bruscos de temperatura, calor y frío, por lo que recomendaban tomar alimentos tibios y no consumir aquellos que de por sí consideraban “calientes” o “fríos”. En otras civilizaciones antiguas se creía que las caries eran provocadas por gusanos dentarios, que se los comían.

Actualmente la piorrea se denomina más comúnmente como periodontitis. Como las “itis” con las que estamos familiarizados, en efecto, es una inflamación. Empieza como una inflamación y sangrado de las encías, gingivitis. Si la afección se hace crónica la piorrea hace su aparición, con el riesgo de incluso perder los dientes, literalmente, se caen solos.

Desde finales del siglo XIX se desarrolló una notable industria farmacéutica que se valió de campañas publicitarias y discursos en los que se ponderaba las virtudes de la ciencia aplicada y, porque no admitirlo, una imagen en la que los productos de esta índole, generados en el extranjero, sobre todo en Estados Unidos, eran mejores.

Para muestra un botón. En el periódico “Mercurio”, de 1922, que se publicaba en Oaxaca, aparece un anunció de una pasta dental: Forhan’s. El anuncio garantiza que es la original, creada por un médico del mismo apellido, Dr. Forhan. Asimismo el anuncio acude al poder de las estadísticas: “cuatro de cada cinco adultos padecen de piorrea: encías dañadas”.

Entonces, como ahora en muchos anuncios, tampoco se detalla nada sobre los ingredientes o la manera en que actúa el maravilloso producto, sólo se hace hincapié en que “contiene el famoso astringente del Dr. Forhan que protege las encías y las defiende contra infecciones”. Es particular que aparezca aquí “astringente”, como un descriptor de los beneficios de la pasta. En efecto, un astringente ayuda a que se cierren los pequeñísimos tejidos y por ende el sangrado de las encías, y aunque el efecto en si mismo no implica una curación, sí es una consecuencia deseable.

El anuncio, tanto en su formato como en su contenido, no es muy distinto a los que circulaban más o menos por misma época en Estados Unidos.

En una somera búsqueda de comerciales actuales en Internet no encontré ni uno solo, como éstos anuncios, que hagan referencia a la piorrea. Lo encontré sólo en un par de anuncios cuyo giro es más bien la de ofrecer productos naturistas, “con sabor de antaño”; también aparece en algunos foros sociales, pero se usa muy poco en sitios especializados o no está en ningún comercial actual en el que se pretenda proyectar una imagen moderna de la ciencia. Sin duda porque suena más médico, científico y actual hablar de una periodontitis que de una piorrea. Empieza a convertirse en una enfermedad del pasado, ¡aunque siga existiendo!

viernes, 5 de agosto de 2011

Pseudociencia en el siglo XVIII

Varios de mis amigos divulgadores en algún momento han escrito en contra de la pseudociencia, lo que no le leído que escriban es que existe “desde la más remota antigüedad”. Les compartiré un ejemplo del siglo XVIII.

Estoy leyendo un libro genial: Opinión pública y censura en la Nueva España. Indicios de un silencio imposible 1767-1794, de Gabriel Torres Puga. Un estudio de casi 600 páginas. Como es de imaginar el contenido y los temas que aborda, en su mayoría, tienen una relación muy estrecha con los movimientos sociales que desencadenaron la guerra de Independencia. Sin embargo hay ciencia, y también, pseudociencia.

El 10 de mayo de 1779 un “papelón”, manuscrito, apareció pegado en muchos sitios de la Ciudad de México. El el se advertía que el 10 de junio de ese mismo año habría una “oscuridad en tanto grado que se aventaje a la noche más lúgubre, despidiendo una lluvia densa… la cual durará hasta el 15 de dicho mes… Estos efectos se verán no sólo aquí, sino a tres mil leguas en contorno de México…” (p.339). Según el manuscrito estos hechos se derivaban de las observaciones científicas de Don Francisco Kijen, Presidente de la Academia de Matemáticas de la ciudad de Lombergs. El discurso en su totalidad tenía el más puro estilo científico de la época, incluyendo mediciones y demás argumentos científicos.

La noticia asustó a muchos, en los diarios de Zúñiga y Ontiveros se consigna algo al respecto: “Se movió en esta ciudad tal terror y asombro que se vio obligada la Real Sala… quitarlos (los papelones) y traerlos a la Real Audiencia donde ser rompieron”. Se ordenó la búsqueda del autor y se anunció desde ese momento su castigo: 50 azotes por cada paraje donde hubiera fijado su papelón “y siendo hombre de lustre, se arrestará para seguirle causa y que sufra la pena de presidio por alborotador de la república”. Duro castigo para alguien que propagaba una noticia pseudocientífica.

A dicho “papelón” se respondió con otro, anónimo, que impugnaba el anterior y explicaba por qué era mentira. Gabriel Torres lanza la hipótesis de que ambos documentos provenían de la misma pluma, y que el segundo papel se escribió por temor a la reacción que causó el primero, que acaso sólo se había realizado como una broma.

Hoy nos parece complejo entender cómo un simple papel pudo causar una reacción como esa; y no es sólo que ese público era impresionable (desde la más remota antigüedad el público se impresiona).

Muchas de las noticias pseudocientíficas actuales se parecen mucho a aquella predicción terrible de mayo de 1779:


Una roca espacial -capaz de provocar una devastación a escala sub-continental- tiene una probabilidad de una entre mil de colisionar con la tierra a comienzos del próximo siglo.

Esta es, por lo menos, la previsión realizada por David Morrison, experto de la NASA en Objetos Cercanos a la Tierra (en sus siglas inglesas NEO).

“Estamos hablando del asteroide más grande conocido hasta ahora”, ha comentado Morrison.


Un asteroide, de unos dos kilómetros de diametro, podría impactar contra la Tierra el 1 de febrero del 2019 con magnitudes catastróficas, como destruir un continente, según cálculos astronómicos conocidos.

No cayó un diluvio en México en 1779, no obstante las sesudas observaciones del Presidente de la Academia de Matemáticas de la ciudad de Lombergs, es muy probable que tampoco nos caerá un meteorito, ni en el año 2012 ni en el 2019… lo que sí ya es diferente es que quienes promueven dicha información errónea no son reos de la justicia.

viernes, 29 de julio de 2011

Miguel Ángel Herrera Andrade (1944–2002)




Yo aún creo que Miguel Ángel Herrera Andrade nos observa desde alguna estrella y ríe. Reía mucho, reía siempre. Tuve la fortuna de trabajar con él, en el último puesto administrativo que ocupó en la UNAM, Coordinador de Vinculación de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia. Como yo también tiendo a ser muy ruiseña, en esa oficina se escuchaban carcajadas todos los días. Tenemos algunas fotos riendo a carcajadas, la mayoría las tomó Julieta Fierro, entonces Directora de Divulgación de la Ciencia, y amiga de toda la vida del Dr. Herrera. Doctor en física, astrónomo, divulgador, aficionado al béisbol, extraordinario cantante, gran amigo y jefe… ¡también era buenísimo para los albures!

Casi siempre su atuendo era informal, de camiseta y pantalón de mezclilla, y lucía una melena, que sólo cortaba una vez al año, el día del cumpleaños de su madre, decía que ese era su regalo para ella. Sus camisetas eran extraordinarias. En una ocasión, de un congreso en Alemania, llegó con una puesta que ilustraba todos los fenómenos astronómicos, y nos explicó en la oficina, señalando en la imagen de la camiseta: “Aquí hay una supernova; aquí una estrella binaria; aquí una enana blanca”… hasta que llegó a la barriga y exclamó: “¡Y esto es una muestra de la expansión del universo!”.

Era una extraordinaria atmósfera de trabajo, porque se trabajaba, ¡y mucho!; donde siempre existió la comunicación y colaboración franca y honesta entre todos los integrantes del pequeñísimo grupo.

El Dr. Herrera era muy observador con respecto al carácter y gustos de cada persona, todas las personas, desde quienes limpiaban las oficinas hasta el cónsul de alguna embajada; sabía cómo atenderlos e interactuar con cada uno de acuerdo a la ocasión. Siempre traía a todas las integrantes de su equipo algún detalle de sus viajes, el obsequio perfecto. Conservo con aprecio unos aretes fabricados con lava del volcán Etna, argumentó que era el regalo ideal para una mujer a quien le encantaban los aretes y la geología.

El último día que estuvo en la oficina dejó todo atendido, porque saldría de viaje, a una presentación de su padre, el director de orquesta, compositor, pianista y violinista, Luis Herrera de la Fuente. Era un día tan agitado como cuando empezaba la temporada de béisbol y dejaba todo arreglado con tiempo para asistir a los juegos: “Libia, hay que cerrar el abarrote temprano”, decía.

Aquel lunes que no llegó a la oficina fue un día extraño. Casi siempre llegaba entre ocho y nueve de la mañana. Al medio día aún no había llegado. Nunca volvió a abrir el abarrote.

En el recuento de los hechos históricos existen pocos seres humanos que por sí mismos hayan causado alguna mella especial en el devenir de ciertos acontecimientos, aún dentro de un grupo o gremio bien definido y acotado. Miguel Ángel Herrera Andrade con seguridad fue uno de esos seres humanos, su presencia, pero sobre todo, su ausencia, durante un proceso coyuntural dentro de la divulgación científica en la UNAM y en México, marcó el devenir de la historia reciente de este gremio. La mayoría de los divulgadores científicos de la UNAM coincidirán en afirmar que si no hubiera muerto otra sería nuestra historia.

Miguel Ángel Herrera Andrade murió junto con su esposa en un accidente de carretera el 29 de julio de 2002.

Algunas semanas después se le brindó un homenaje en el auditorio de Universum, el Museo de las Ciencias. Una sola persona no ha reunido nunca a tanta gente, de todos los niveles sociales, de todos los gremios… todos amigos y admiradores de Miguel Ángel Herrera, incluso estaba ahí su voceador de confianza, quien le vendía el periódico todos los días.

A nueve años de su muerte existe un aula con su nombre en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia y un premio que otorga la Sociedad Mexicana de Divulgación de la Ciencia y la Técnica; y hay un gran hueco que nadie ha llenado en la divulgación de la ciencia en México.

(En la foto, de izquierda a derecha: Ignacio Castro, Juan José Rivaud Morayta (1944-2005), Alexandra Sapovalova, Miguel Ángel Herrera Andrade (1944–2002) y Verónica García. Yo estoy detrás de la cámara).

viernes, 22 de julio de 2011

San Miguel del Progreso, en Puebla... la distancia entre los discursos y las realidades



Algún día iré a San Miguel del Progreso, en Puebla. Irónico nombre para una población que se dice la más pobre de México, según los “papelitos” que reparten algunas personas en el sistema de transporte colectivo Metro, en la Ciudad de México.

La llamada “literatura gris” siempre me ha causado una particular impresión. Son como las historias que viajan de boca en boca y que a la postre pueden convertirse en milenarias leyendas. Después de centenares de años nadie sabe con certeza cómo empezó todo, quiénes fueron los autores, por qué empezó, aunque se pueda constatar el impacto de algunas historias en las culturas de los pueblos, o incluso del mundo entero, como lo ha sido la mismísima biblia (¡Oh!, el corrector de la computadora me señala con rojo la palabra, ¿qué tengo que escribir con mayúscula la primera “B” de “biblia”? ¡Caray, así de grande es el impacto!).

Los papelitos, panfletos, folletitos, volantes, plieguitos, o simples copias, son un tipo de impresión del que se han valido, principalmente, los grupos sociales que no están en una posición de poder que les permita con más facilidad acceder a medios más sofisticados y acordes a las normas; de hecho, con frecuencia, si no tienen fines comerciales, son generados por grupos subversivos contrarios al sistema imperante. Dado que precisamente son de “grupúsculos”, o se ven simplemente como basura, pocas veces se conservan.

Yo he colectado desde hace más de cinco años unos papelitos como los que coloqué al inicio del blog. Tengo casi 40. Procuro anotar en cada uno el día que lo colecté, en donde y una somera descripción de a quién se lo compre (una mujer, un niño, un hombre mayor, etc.).

La gran mayoría indican que vienen de Puebla. Muchos, realmente muchos, son de San Miguel del Progreso, donde al parecer siempre han estado mal. El Huracán Dean los azoló en agosto de 2007, como se lee. En otro papelito (no está aquí), dice “… nos afectó ceniza el día viernes 8 de enero del año 2010 todo seco el café y las milpas nos dejó sin nada…” En el año 2011 intensas lluvias. Parece que San Miguel está condenado a no tener progreso...

Para colmo de males revisé qué aparecía en el buscador. En un sitio especial que parece ser turístico presentan a San Miguel del Progreso, y describen así a su población indígena: “Habitantes indígenas en San Miguel del Progreso. 1960 personas en San Miguel del Progreso viven en hogares indígenas. Un idioma indígeno hablan de los habitantes de más de 5 años de edad 1602 personas. El número de los que solo hablan un idioma indígena pero no hablan mexicano es 397, los de cuales hablan también mexicano es 1197”. Ni hablar del discurso visual, coloco aquí la foto.



¡¿Quién redactó eso que está en internet?! Acaso la misma persona que escribió los papelitos que traen a la Ciudad de México para pedir dinero en el Metro. Como podemos ver hasta este punto, son contradictorios los discursos de los papelitos con cuando menos la foto publicada en internet, y con seguridad si acudimos a la realidad los hechos serán diferentes. La foto es hermosa, incluso muestra "progreso", observe la parte superior izquierda de este última foto, hay una antena de SKY.

Sin embargo, parece que van “mejorando” mucho en su discurso las personas que vienen a pedir dinero en el Metro. Uno de los últimos papelitos que recibí es como el verde (no, no está mal su monitor, el color es así, de “ese” verde). Sólo habla de la sierra norte de Puebla y su argumentación está más elaborada: “… pero somos el resultado de una historia que un gobierno nos esclavizó durante quinientos años.”

Tengo papelitos escritos a mano, de todos tamaños, colores, tipografías y prácticamente todos están impresos en papeles de colores chillantes (amarillo, morado, rojo, azul, naranja y por supuesto, verde). Estadísticamente la gran mayoría explican que vienen de Puebla.

Algún día daré mi siguiente paso e iré más allá del papelito: dialogaré con alguna de las personas que los entregan en el Metro, o más aún, iré en busca de esa paradisíaca palapa que aparece en la fotografía, iré a San Miguel del Progreso, en Puebla.

Entonces les contaré.

jueves, 30 de junio de 2011

La divulgación del riesgo (IV y último)


Pascal Boyer, en su libro “¿Por qué tenemos religión?” expone una sentencia que acaso para algunos suene a herejía: “Lo que nosotros llamamos fe, para otros bien puede llamarse conocimiento” (2001, p.28).

En la última entrada de este blog aterrizábamos precisamente a la concatenación que pocos reconocemos, y sin embargo me parece indudable, entre conceptos como creencia, conocimientos y ciencia. En el caso de los planteamientos y estudios sobre el riesgo debe considerarse dicha cercanía.

Atemos cabos.

En el discurso, lo hemos puntualizado en algunas ocasiones, y nos lo han repetido a muchos de nosotros en las clases de español, el eje del enunciado es el verbo.

Los análisis modernos del riesgo tienen su raíz en la teoría de la probabilidad y en el desarrollo de los métodos para identificar las conexiones causales entre los efectos adversos al hombre y los diferentes tipos de actividades peligrosas, afirma Anna García en su tesis doctoral: “Negociar el riesgo”. Y el discurso de la probabilidad es lo que considero que está entonces en el quid de cómo percibimos el riesgo: si lo vemos, si no lo vemos, si hacemos algo al respecto, si no hacemos nada el respecto… si lo creemos o si no lo creemos.

Y esa respuesta creo haberla encontrado en otro artículo, que aparentemente nada tiene que ver ni con el riesgo, ni con la ciencia… pero sí con el lenguaje.

Es el artículo: “Las formas verbales subjuntivas. Su reorganización modal-temporal”, de Alexandre Veiga, publicado en el volumen 1 de la “Sintáxis histórica de la lengua española”, coordinado por la Dra. Concepción Company Company.

El artículo versa sobre los matices del significado que se otorga a las diferentes modalidades temporales a las que aluden los tiempos verbales.

De una combinación de las tablas que ofrece obtenemos:

CANTO - indicativo 0 -
Conocimiento concreto + no negación implícita (o sea, afirmación) + no matiz de probabilidad (o sea, certeza)
Objetivo + no irreal (o sea, real) + no incierto (o sea, cierto)

CANTARÉ – indicativo 1 -
Conocimiento concreto + no negación implícita (o sea, afirmación) + matiz de probabilidad
Objetivo + no irreal (o sea, real) + incierto

CANTARÍA - indicativo 2 -
Conocimiento concreto + negación implícita
Objetivo + irreal

CANTE – subjuntivo 0 -
Conocimiento inconcreto + no negación implícita (o sea, afirmación)
Subjetivo + no irreal (o sea, real)

CANTARA, CANTASE – subjuntivo 2 -
Conocimiento inconcreto + negación implícita
Subjetivo + irreal

¡Eso es el fondo! ¡La epistemología que está detrás de la expresión que representa el riesgo!

Hay un buen programa de televisión, producido por Discovery Chanel: Hora cero donde se presenta la cronología de sucesos repentinos y catastróficos como el ataque terrorista con gas sarín en Tokio, el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001, la masacre de Nepal, el accidente nuclear de Chernobyl en 1986, y el hundimiento del “Estonia” en 1994. La esposa de una de las víctimas del ataque con sarín en Tokio afirmaba, “nunca me imaginé que le podría pasar a mi esposo”; una sobreviviente del Estonia narraba: “Por más que he explicado a mi familia lo terrible que fue mi experiencia es imposible que ellos lo sepan realmente; incluso yo he olvidado tantas cosas; sólo recuerdo el terror”.

Lo más difícil de la construcción discursiva del riesgo es que apelamos a una acción que prevé un acontecimiento que, por regla general, no ha acontecido en la vida de quienes deseamos que actúen. Por lo tanto describimos lo que para ellos puede no ser “tan real”, o de plano se percibe como algo “irreal”, y a un conocimiento que no tienen por experiencia propia, por lo cual deben “creer” que lo que se les dice es verdad.

En la construcción discursiva del riesgo con frecuencia se describen hechos que jamás han existido en esa región o en esa comunidad, y en el mejor de los casos sólo se conocen referencias a dicho hecho dadas por fuentes muy lejanas al receptor, muy lejanas en cuanto a tiempo (lluvias torrenciales no vistas desde más de cien años atrás), muy lejanas en cuanto a territorio (sucedió al otro lado del mundo, pero nunca ha pasado aquí), o muy lejanas en cuanto a la confiabilidad de la fuente (“se dice” que en situaciones semejantes se han levantado en armas… ¿quién lo dice?... no se sabe, sólo de afirma que “se sabe”, “se dice” o “dicen por ahí”).

Alexandre Veiga expone que los subjuntivos en español tienen un valor temporal presente-futuro que sólo a partir del contexto se acota, y es precisamente ese contexto el que finalmente determina si ese conocimiento inconcreto que revela es más o menos irreal o si tiene o no una negación implícita: “únicamente el contexto podrá precisar la relación temporal concreta expresada por una forma de presente subjuntivo en una situación comunicativa determinada” (p.133)“… si tuviese o si tuviera… pueden expresar un contenido modal de irrealidad, y de hecho este es el que representan en el dominio temporal presente-futuro…” (p.155).

Cierto es que los hechos pueden llegar a ser completamente distintos a los que describe un discurso, independientemente de que se afirme con contundencia, como leemos en la imagen: "En España no habrá guerra civil"... y la hubo. Sin embargo bien se pueden estructurar algunos discursos que prevengan sobre el riesgo, sobre todo aquellos tendendientes a incentivar acciones comunitarias que eviten que ciertas fenómenos naturales incidan con más violencia sobre la población.

Si el riesgo sólo existe en el discurso, y ya de por sí es difícil imaginar un tsunami, un ataque terrorista, una pandemia o incluso una crisis económica, la acción humana a la que apela cualquier discurso sobre el riesgo es menos contundente porque habla (en sus verbos) de hechos que no los consideramos de facto como un “conocimiento concreto”, o de plano los percibimos “irreales”. Alrededor de los verbos, o construcciones como “se derrumbaría”, “chocaría”, “llegara un tsunami”, “temblara”, “lloviese demasiado”, se debe construir un contexto sólido y pertinente (sin ser alarmista), que en efecto incite a la acción aquí y ahora para que mañana, si llegase el momento, se actúe de la manera más adecuada… lamentablemente creo que esos discursos son los menos frecuentes.

¡Qué barbaridad!

martes, 28 de junio de 2011

La divulgación del riesgo ( III )




Conversábamos en las dos entregas anteriores que implica una gran responsabilidad la divulgación con contenidos que abordan temas sobre riesgos.

También abordamos con cierta amplitud los componentes “no científicos” que implican la adecuada redacción y la recepción sobre un discurso sobre el riesgo; los estudiosos sobre el particular parecen coincidir que este tipo de discursos no pueden estar libres de valores, que, según entiendo, son absolutamente subjetivos. Pueden ser consensuados, pero nunca objetivos.

En la tesis doctoral de Enrique España Ramos, “Conocimientos, actitudes, creencias y valores en los argumentos sobre un tema socio-científico relacionado con los alimentos”, se describe ampliamente el riesgo y su tipología, desde los estudios psicológicos y sociológicos, y desde cualquiera de ellos la definición nos deja más que flotando en un universo semánticamente amplio, amplio, amplio… la definición desde el punto de vista psicológico es: “el riesgo sería una representación cognitiva o estado mental, sobre el cual tiene gran influencia, tanto el contexto cultural, como las creencias asociadas a un grupo humano” (p. 56). La definición desde el punto de vista sociológico es: “el riesgo es considerado una construcción social, es decir, no aparece ligado sólo a la experiencia individual, sino también a intereses y posiciones sociales que dependen de factores socioculturales” (p.56).

Según algunos autores, como también se explica en la tesis, los peligros actuales no es que sean mayores que los del pasado, es que ahora son mayormente imputados a acciones humanas.

Estudiar qué es y cómo se clasifica el riesgo es un relevante tema de estudio, porque de ello dependen las acciones que se deriven de semejante bagaje teórico. Adams, de nuevo explicado en la tesis de España Ramos, propone tres clases de riesgos que se cruzan entre sí: “riesgo percibido directamente”, “riesgo percibido a través de la ciencia” y “riesgo virtual”. De entre toda la teoría se rescatan términos que no son muy comunes en los estudios sobre divulgación de la ciencia que son: confianza, creencia, moral, ética, emocional, y una que sí aparece con mucha frecuencia en cualquier discurso que teorice sobre la ciencia y su divulgación: conocimiento.

España Ramos y Adams, así como otros autores también citados, recurren a numerosas estrategias para explicar su teoría sobre el riesgo, su descripción y su percepción, pero prácticamente no se alude a uno de los aspectos fundamentes que implican su comunicación (de hecho, lo que implica cualquier comunicación): el lenguaje, el discurso… las palabras.

Con este aspecto concluiremos para cerrar el presente mes de junio.

viernes, 24 de junio de 2011

La divulgación del riesgo (II)

Mi madre dice algo que quizá todas las madres lo saben: los pequeños de menos de cinco años, si no se le vigila lo necesario, se pueden matar solos. No miden las consecuencias de sus propios actos y tampoco reconocen en el ambiente un riesgo.

En estudios especializados sobre el riesgo se afirma que es multidimensional, y no puede reducirse a un simple compendio de probabilidades y consecuencias. Y es cierto. Uno nunca sabe si estás absolutamente seguro en x o y circunstancias… quizá porque nunca lo estás.

En algunos estudios realizados sobre acontecimientos aciagos, menos “naturales” que un tsunami, como ser asaltado cuando caminas por una calle solitaria por la noche, la mayoría de las víctimas repite una frase al relatar el suceso: “no creí que a mí me fuera a pasar” o “nunca me imaginé que me pudiera suceder”.

Ese “creer”, “pensar”,”saber”, “imaginarse”, no implica que las personas realmente no lo supieran. Sólo un reducidísimo número de víctimas realmente ignoraba la posibilidad de lo que padeció.

En la tesis doctoral de Natalí González, La comunicación del riesgo en la prensa escrita: un estudio del tratamiento informativo del naufragio del petrolero ‘Prestige’ en los diarios ‘El País’ y ‘El Mundo’, la autora expone ampliamente las opciones de definición, y más aún, de percepción del riesgo. Explica que la idea de riesgo implica la probabilidad de sufrir algún daño, o de obtener un resultado negativo.

En 2009 escribí una entrada en este mismo blog sobre los sustantivos abstractos, y una más, ese mismo año, sobre la construcción de la realidad a través del discurso, cuyo contexto fue la contingencia por la influenza de abril de 2009.

Pues bien, para empezar las definiciones de riesgo, prácticamente cualquiera de ellas, incluye una cantidad impresionante de sustantivos abstractos, que nos remiten a “inmaterialidades” que sólo el discurso puede corporeizar, y por tanto, la forma final tendrá todas las subjetividades (creencias, filiaciones, prejuicios, etc.), de su creador.

Hay una disertación inicial sobre el riesgo en la tesis de Natalí González que considero relevante: “…cuando las personas se enfrentan a una situación de riesgo lo que realmente evalúan son “las características o los atributos de los peligros como pueden ser, entre otros, su potencial catastrófico, el carácter voluntario o no de la exposición a los mismos y el grado de confianza o credibilidad que inspiran las instituciones que intervienen en su gestión” (Puy, 1995, p.39). Además, los problemas que afectan a los legos y sobre los que tienen que tomar decisiones suelen diferir, en buena medida, con los que se enfrentan los científicos a la hora de estimar la probabilidad de que un determinado riesgo se materialice (Fischhoff, 1989). Los individuos también pueden estar en desacuerdo con los científicos con respecto a un riesgo en particular, no sólo por la posible o probable ocurrencia del mismo, sino por el tipo y el conjunto de consecuencias que se deben tomar en consideración. Por otra parte, la información sobre la cual los individuos toman sus decisiones sobre cómo actuar ante un evento de riesgo suelen ser obtenidas de fuentes no científicas, que no siempre aportan datos exactos o fiables sobre el riesgo en cuestión (Slovic, 1986; Fischhoff, 1989). (p. 20).

Además: “En las ciencias sociales también se ha comprobado que la percepción del riesgo de los propios científicos no es enteramente objetiva (Slovic, 1986; Puy, 1995). Según Fischhoff, aunque las ciencias naturales aspiran a presentar estudios completamente libres de valores, se interponen diversos criterios subjetivos que terminan por afectar sus resultados”. (p.20)… “Aunque el compromiso de separar los hechos de los valores es un aspecto fundamental de la higiene intelectual, una completa separación nunca será posible. Esta separación, en algunos casos, ni siquiera es deseada, ya que los expertos muchas veces buscan imponer sus puntos de vistas sobre cómo solucionar una situación de riesgo determinada” (Fischhoff, 1989 p. 271)”. (p.21).

¡Estamos en el nudo del dilema… así nos quedaremos hasta el lunes!¡Feliz fin de semana!

miércoles, 22 de junio de 2011

La divulgación del riesgo ( I )





(¡No dejaré que llegue a los 50 días! Con nutridas y sinceras disculpas a mis fieles lectores, publico hoy.)



La buena divulgación científica no sólo se encuentra en publicaciones o medios especializados en divulgación de la ciencia.


Cuando estudiaba literaturas hispánicas, durante algún tiempo organizamos un taller de literatura infantil. Implementamos espectáculos con títeres y escudriñamos incluso en las teorías más académica: ¿qué hace que un texto sea de literatura infantil: su contenido, su forma, su finalidad o sus “logros” comprobados?, ¿es la que los niños escriben?, ¿es la que se escribe para los niños?, ¿o es la que es la que los niños adoptan?

Después de varias sesiones tupidas de las más diversas argumentaciones (¡algunas excelentes!), en la clase de teoría literaria, nuestro maestro, Darío Galaviz, hizo una certera aseveración: “en la clasificación más esencial no hay más que buena literatura o mala literatura… sea para niños, para mujeres, para indígenas… acaso esto sea lo que menos importe”.

En parte creo que tenía razón, y acto seguido hago la extrapolación para nuestro tema de estudio, entonces digo que hay buena y mala divulgación de la ciencia. Independientemente de a quién se divulgue (niños, jóvenes, tomadores de decisiones), el medio o el contenido, acaso ello sea lo que menos importe… lo realmente destacable es que se tiene que hacer buena divulgación de la ciencia.

He leído (incluso oído y visto), numerosos medios supuestamente dedicados exclusivamente a la divulgación científica con contenidos y discursos deplorables (¡algunos realizados por “expertos” divulgadores científicos! ¡Válgame Dios!). Se infiere que si un medio se “especializa” en divulgación de la ciencia, ésta debe ser buena, pero no es así; y lamentablemente tampoco hay mecanismos que la detengan o al menos que pongan en evidencia que ese medio, ese contenido o ese divulgador es malo. Considero que es porque no existe el conocimiento generalizado, el criterio público, que sea menester, para evaluar a la divulgación de la ciencia: sus medios, sus contenidos y a sus actores.

En algún momento, en este mismo blog, cuando exponíamos algunas disertaciones sobre la “cultura futbolera”, abundábamos sobre el hecho de que prácticamente cualquier ciudadano de a pie, al menos en México, puede reconocer el buen o mal desempeño de un cronista de un partido de futbol, incluso de un jugador o un director técnico, ¡no de diga de un árbitro! ¡Sólo hay que ir a un partido de futbol en vivo!

Pues bien, encontré una revista que en general siempre se ha caracterizado por ser una excelente publicación de investigación periodística, no de divulgación científica, “Newsweek”, su versión en español. Es el número del 10 de enero de 2005, y como se lee en la portada el contenido es de lo más pertinente para acontecimientos recientes: “Después del maremoto. Las víctimas. La ciencia. La amenaza global”.

En el reportaje especial se describe impecablemente el fenómeno del tsunami, desde el punto de vista científico: “… en términos planetarios, el movimiento es absolutamente insignificante… todo se movió un poco… pero la sacudida bastó para que se desplazaran billones de toneladas de agua en segundos. Silenciosa, invisible, el agua empujó hacia fuera a la velocidad de un jet. Conforme se acercó a la costa la velocidad disminuyó y se formaron olas grandes, en algunos lugares muy grandes. Usualmente, un tsunami no se ve como la inmensa y encumbrada montaña de agua de “El día después de mañana”… Sin embargo no es algo que quiera ver mientras esté en la playa” (p. 14).

Y seguida de la excelente descripción hay algo aún más impresionante: “… Era un maremoto monstruoso, capaz de generar oleajes fatales. Los observadores de tsunamis debatían sobre a quién llamar. Telefonearon a las embajadas estadounidenses en Madagascar y Mauricio a la misma hora en que las olas golpearon allí. Ya era demasiado tarde… nunca se les ocurrió saltarse la cadena de mando, de hecho, ¿cuántos administradores de hotel hubiesen oído la alerta de un científico desesperado al otro lado del mundo en la tranquila y hermosa mañana de domingo?” (p. 18).

La divulgación de la ciencia, la que aborda la explicación de fenómenos inesperados y devastadores, como un tsunami, la buena divulgación de la ciencia, implica una enorme responsabilidad social: ¿cómo se identifica?, ¿qué se hace ante el riesgo?, antes, durante, después; ¿quién lo hace?, ¿cómo lo hace?... ¿a quién hay que llamar?... ¡¿a quién se le debe creer?!

El discurso del riesgo es un área de poco, muy poco estudio, sobre todo en la divulgación de la ciencia, y de urgente (¡muy urgente!), necesidad de conocer… ¡seguimos el viernes!

lunes, 9 de mayo de 2011

Ciencia en la radio


(¡El diseño del blog se está moviendo! ¡No sé por qué! En tanto puedo arreglarlo agradezco la comprensión hacia el terrible diseño, ¡gracias!).





La divulgación de la ciencia agudiza o minimiza algunas de sus características dependiendo del medio por el cual se transmite. Por lo general hemos escrito en este blog sobre aspectos relativos a la divulgación de la ciencia escrita. Poco se habla sobre la divulgación de la ciencia en la radio.

Con frecuencia me he encontrado con organizadores o responsables de áreas de divulgación de la ciencia, en gobiernos estatales o municipales, o en universidades, que consideran que los productos para radio son casi iguales a los productos creados para publicarse. Incluso, alguna ocasión me invitaban a dictar un curso en una universidad en la que no sólo incluirían a los reporteros de prensa escrita, sino a quienes editaban una revista que iniciaba y a los locutores de su estación de radio… ¡nada más lejos de la realidad! Acaso podría serviles de algo lo que les aportara, pero definitivamente no soy yo quien puede ayudarles si la preparación se debe especializar en edición de publicaciones de divulgación de la ciencia, para eso Estrella Burgos es una de las mejores (acaso la mejor), que puede haber en ese campo en todo el país; y para radio muy pocos podrían superar a Mónica Genis.




Se minimiza con frecuencia la radio al compararla con la televisión y con los medios escritos, sin embargo, el impacto de la radio en algunas zonas urbanas y en casi todos el ámbito rural, es impresionante. De algunos programas de radio, que tienen líneas telefónicas al aire, se calcula que por cada llamada recibida te escuchan varios miles de personas, ¡miles! Un impacto que poco se compara con la mayoría de los medios escritos.




La radio implica un discurso especial. Muchas aportaciones de ciencia en la radio se insertar en programas más amplios, y sólo consisten en una breve entrevista, que, si el entrevistado es hábil y tiene “callo divulgativo”, puede aprovechar muy bien (como los espacios en los que participa Sergio de Regules o Martín Bonfil), pero si el entrevistado es un investigador aburrido la ciencia que divulgará será también aburrida.




Sólo para compartir un poco la diferencia del trabajo de divulgación en la radio les comparto, un fragmento de un texto que escribí sobre un investigador-divulgador del siglo XIX.




ALFREDO DUGÈS





Para la mayoría de los mexicanos, el nombre de Alfredo Dugès significa poco o nada, salvo para un reducido número de habitantes de la ciudad de Guanajuato, quienes con alguna frecuencia asocian su nombre al museo de historia natural de su prestigiada universidad. Lo cierto es, que este ilustre investigador franco-mexicano aportó trabajo, conocimiento, experiencia y vida; para contribuir a establecer las bases teóricas de la zoología, en el México de la segunda mitad del siglo XIX; particularmente en el campo de la herpetología.





Alfred Delsescautz Dugès o Alfredo Dugès nació en Montpellier, Herault, Francia, el 15 de Abril de 1826. Como hombre de su tiempo, su mentalidad y trabajo estuvieron marcados por personajes tan distinguidos, quienes depositaron en la ciencia toda la razón de la existencia y atuvieron como objeto de estudio al ser humano consagrando nuevas disciplinas como la sociología, psicología, biología. Algunos de estos investigadores que dotaron al mundo de sus conocimientos y abrieron una nueva forma de pensar, fueron Jean Batiste Lamarck, Claude Bernard, Louis Pasteur, Charles Darwin, Herbert Spencer, etc.





Hasta aquí el segmento.





La radio no puede hacer el “cuento” igual que el escrito, como si fuera un artículo para una revista. Además del gran esfuerzo de síntesis que implica convertirlo a un buen discurso radiofónico, al discurso hay que agregarle efectos especiales, música y demás efectos para que el público "visualice" el contenido. Anexo un fragmento del guión de radio que elaboró con la información anterior, Mónica Genis:





ALFREDO DUGÈS, UN SABIO FRANCÉS EN GUANAJUATO
OP. ENTRA RÚBRICA
OP. ENTRA MÚSICA Y BAJA FONDEAR, EN SEGUNDO
PLANO SE ESCUCHA MÚSICA DEL SIGLO XIX





En el Siglo XIX, Europa estuvo marcada por una nueva forma de pensar. Los estudiosos de esta época depositaron su fe en la razón, en la investigación, en la ciencia, creando una necesidad de vulgarizar todos los conocimientos. Necesidad que estaría vinculada con la formación del nuevo hombre del mañana y la sociedad futura. Algunos de estos investigadores que dotaron al mundo de sus conocimientos y abrieron esta forma de pensar, fueron Jean Batiste Lamarck, Claude Bernard, Louis Pasteur, Charles Darwin, Herbert Spencer, etc.





OP. RÁFAGA FX. DE SONIDO





El 15 de abril de 1826, nació en Montpellier, Francia, Alfred Delsescautz Dugès, mejor conocido como Alfredo Dugès. Como hombre de su tiempo, su mentalidad y trabajo estuvieron marcados por los personajes de ciencia de la época. Alfredo fue hijo del médico Louis Antoine Dugès, un estudioso de la medicina y la zoología, y de Reine Euphrosine Vanard. El ambiente hogareño e intelectual que le ofrecieron sus padres favoreció en gran medida a que surgieran en Alfredo Dugès inquietudes artísticas y científicas. Tuvo dos hermanos pequeños: Eugenio y Celine.





OP. CROSS FADE CON MÚSICA Y BAJA A FONDEAR








Alfredo Dugès inició sus estudios primarios en su ciudad natal Montpellier, en Francia; obtuvo los diplomas de bachiller en ciencias y letras en 1846. Acto seguido, don Alfredo continuó con sus estudios de medicina en la Universidad de Montpellier, los cuales concluyó en la Universidad de París, obteniendo su doctorado en Medicina el 28 de febrero de 1852.

Todo ello indicaría que su residencia la fijaría en la Ciudad Luz, donde podía procurar su ingreso al Museo Nacional de Historia Natural de París. Sin embargo, y para gran sorpresa de muchos de sus colegas, después de terminar su carrera Alfredo Dugès contrajo matrimonio y, en mayo de 1853, se trasladó con su esposa a la República Mexicana. Se piensa que el viaje de Dugès a México fue porque quería alejarse de la monarquía que había impuesto Napoleón
III después de lograr el golpe de estado del año de 1851.

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Alfredo Dugès llegó con su esposa en mayo de 1853 al Puerto de Veracruz. Cuando salió de Europa ya había sido miembro de instituciones científicas. Sin embargo, para poder ejercer su profesión en México fue necesario que sustentara un examen público teórico – práctico muy riguroso.








Después de aprobar su examen, el científico francés vivió por temporadas en Guanajuato, Silao y Guadalajara. Para 1861, Alfredo Dugès establece definitivamente su domicilio en Guanajuato. En esta localidad se convierte en Socio Corresponsal de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y Miembro de la Junta Departamental de Exposiciones. Estas labores las combinaba con su desempeño como médico cirujano y como director general del Hospital de Belem, en Guanajuato.




En 1870 Alfredo Dugès se convirtió en el medico de la mina de San Juan de Rayas y el 24 de julio del mismo año fue invitado a la inauguración de los trabajos de la mina de Villalpando por don Demetrio Montes de Oca; esto significa que ya se había integrado en el ambiente minero de la comunidad donde radicaba.





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Hasta aquí el fragmento. ¡Es maravilloso!





Este guión es parte de un proyecto que se está desarrollando para la radio. Una vez que se agregue la música y las voces actuadas quedará genial. ¡Ya están terminados un par de otros personajes y suenan geniales las cápsulas radiofónicas!





Podemos identificar en el discurso que se repite con frecuencia el nombre del autor, ¡claro!¡Es que es para el radio! Si el radioescucha apenas enciende el aparato o cambia de estación deberá saber, a medias, de qué están hablando.





Sin duda la divulgación de la ciencia en la radio es un medio que debe aprovecharse muchísimo más, y también, sin duda, se requieren divulgadores especializados para ese medio, porque los hay pocos. Con frecuencia, en este blog, hemos acabado subrayando lo mucho que aún hay por hacer en la divulgación de la ciencia en México, y la radio es uno de esos rubros.




¡Hasta la próxima entrega!




(En la foto Alfredo Dugès)

domingo, 8 de mayo de 2011

Marcha por la Paz


Hoy nos unimos a la "Marcha por la Paz" en la Ciudad de México. También hubo manifestaciones semejantes en muchas otras ciudades del país, tengo entendido que también en otros países.

¡Que se cosechen buenos frutos pronto!

¡Hasta mañana!

domingo, 1 de mayo de 2011

José Echegaray y su "Ciencia popular"




Debo confesar que me encantan las librerías de segunda mano, o como se les dice coloquialmente en México, "librerías de viejo". De vez en vez ahorro lo suficiente y acudo a algunas ubicadas en el centro de la Ciudad de México.

Después de horas revisando estantes, sentada en el suelo, con el pantalón de mezclilla empolvado y las manos negras, en muchas ocasiones tengo que hacer el mismo lastimoso ejercicio de decisión que se debe hacer con frecuencia en las expediciones para colectar fósiles, la mochila está tan pesada que hay que quedarse con "los más bonitos" o "significativos", y dejar los otros. En el caso de los libros la cartera es la que no soporta más carga, y siempre se tienen que dejar algunos.

Fue una suerte que encontrara, y que pudiera comprar, en una excursión a una librería de viejo, el libro: "Ciencia popular. Artículos de vulgarización de la ciencia" del español José Echegaray y Eizaguirre (1832-1916). El libro que encontré al parecer es una reedición, de 1928.

Echagaray fue el primer español en recibir el Premio Nobel de Literatura, en 1904. Fue ingeniero y se destacó en diferentes campos de la ciencia, en especial en matemáticas y física.

Lo interesante de la breve nota que les compartiré sobre el libro que encontré es que es una edición que en su tiempo no se vendió, al menos no esta edición que encontré. Una de las primeras páginas, al inicio, indica: "La presente edición consta de mil quinientos ejemplares, de los cuales se han cedido setecientos cincuenta, es decir, la mitad de la tirada, a las herederos de la familia de Don José Echegaray, según convenio particular, y como pago de los derechos que les corresponden en la obra Ciencia Popular. Este libro no se da hoy a la estampa con objeto alguno lucrativo, sino tan sólo con el fin desinteresado de ayudar a la divulgación de conocimientos de gran utilidad en la vida moderna, escritos con profunda sabiduría y en estilo ameno, al alcance de todo el mundo. Por tanto este volúmen no se vende. Está destinado, en la parte que pertenece a la empresa que lo editó, a repartirse como regalo a determinadas personas".

La empresa a que se refiere es la Compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey.

El primer artículo del libro, del cual coloco la primera página escaneada al inicio de este blog, no puede ser más adecuado, habla de lo ilusorio que puede ser el deseo humano y la realidad que la ciencia puede revelar, y como con frecuencia una se opone a la otra: "No hay que negarlo. La ciencia es implacable, y al parecer es fría y árida y mata muchas ilusiones", escribe en otra página dentro de la misma disertación.

Sin embargo, concluye: "Y estas reflexiones provisionales nos conducen a no despreciar con excesiva precipitación lo que antes llamábamos ilusiones, y a no convertirnos en adoradores ciegos y fanáticos de esas pretendidas realidades, que casi son ilusiones de andamiaje científico... No exageremos, por tanto, la oposición que al empezar este artículo mostrábamos entre las realidades y las ilusiones"; ¡una excelente recomendación aún vigente!

¡Hasta la próxima entrega!

domingo, 24 de abril de 2011

La divulgación de la ciencia y los valores morales, ¿o religiosos?


Escribí antes sobre el divulgador de la ciencia mexicano José Joaquín Arriaga.

En el pequeño libro que tengo de la colección “La ciencia recreativa” (¡del que hay tanto que estudiar, y dispongo de tan poco tiempo para ello!¡ah, qué pena!), encontré una pequeña reflexión que les quiero compartir.

El libro es sobre zoología. La sección dedicada a la malacología la inicia con “La vida de una perla”. Las partes que conforman este texto son:

I Los placeres de perlas
II El molusco y la perla
III Los mineros del mar
IV Las perlas de Cleopatra

La sección II inicia así:

“No hay que dudarlo, el lujo es el verdugo del hombre, el monstruo insaciablemente voraz que sacrifica sin piedad vidas y haciendas para ostentar su deslumbrante brillo ante las miradas del mundo, como la serpiente y el lagarto hacen á la luz del sol el reflejo falso y engañador de sus pintadas escamas. El lujo, sí, pide al pobre africano el sacrificio de sus afecciones de familia y de la amada libertad de que gozaba en sus fértiles campos y á la sombra de su cabaña, para que encadenado vaya al otro extremo del mundo á buscar el diamante de límpidos reflejos. El lujo, inexorablemente exije al minero que baje rodeado de peligros á las profundidades de la tierra para pagarle su tributo en oro deslumbrante, en magníficas ametistas, en esmeraldas y rubies, y manda imperiosamente al infatigable, pero desventurado buzo, que descienda á las oscuras y temerosas mansiones del Óceano, para que de allí le traiga aun con peligro inminente de su vida el coral purpúreo, la esponja de tejido delicado y la perla de rosado oriente. No era posible, pues, que el hombre fuera feliz, careciendo de esos deslumbrantes cristales de carbono, de siliza y de alúmina, y que habría sido realmente desgraciado, sin poseer esos magníficos glóbulos de carbonato de cal y gelatina que por misterioso procedimiento son elaboradas entre las valvas ó los órganos de un animal á primera vista repugnante. Su felicidad, por tanto, no podía limitarse á los nobles gozos del espíritu y á los dulces afectos del corazon; y para llegar a la suprema ventura, preciso le era lucir en su propia persona los riquísimos colores del plumaje del colibrí, y el polvo de lapizlázuli y de oro que lleva en sus ténues alas el efímero y fugaz insecto… He aquí hasta dónde conduce el ardiente fuego de la codicia. Y desdeñando, como dice un sabio naturalista, los verdaderos tesoros que liberal y abundantemente la Providencia ha puesto en nuestras manos…”.

Aparte de los aspectos gramaticales propios del español mexicano del siglo XIX (algunos acentos y grafías que hoy consideraríamos mal escritas), el discurso en sí es magnífico como una muestra de todo el entramado que envolvía a la ciencia mexicana del siglo XIX, y por supuesto, a su divulgación.

El discurso hoy parece más un auténtico tratado de moral para evitar caer en un gravísimo pecado: la avaricia, ¿dónde se supone que está la divulgación de la ciencia? De las 328 palabras que capturé en la cita que les comparto muy pocas podrían considerarse realmente científicas. Además, los vocablos científicos que aquí utiliza Arriaga no tienen una finalidad claramente científica, porque no se utilizan para argumentar tal o cual hecho científico, la sección del discurso expuesto se asemeja más bien a un sermón religioso, moralista y ético, por cierto muy comunes (y apreciados por el público) durante el siglo XIX y principios del XX.

Sólo algunos detalles más, las cursivas en “realmente desgraciado”, son del autor. Así está en la publicación que tengo a la mano, original, del mismo siglo XIX. Del mismo modo el que “Océano” y “Providencia”, estén escritas con mayúsculas al inicio, también son decisiones del autor (¡me encantan estos descubrimientos!). Esto bien podría considerarse porque el autor supone de igual importancia denominar así, con mayúscula, a la Divina Providencia, que al Océano. En ese tiempo también se usaba escribir "Ciencia" con mayúscula.

Lo interesante es que le elimina a la “Providencia” lo de “Divina”, una denominación religiosa, particularmente del cristianismo y específicamente del catolicismo, tan arraigado en México y tan particularmente relevante en la cultura mexicana del siglo XIX.

No sé de cierto si el autor pretende “cientificar” un poco más su discurso eliminando el “Divina” de la “Providencia”… permítaseme la libertad de usar “cientificar”.

Por otro lado, la eliminación del “Divina” también puede ser que el autor respetó cabalmente la cita que hace de Mangin, porque “Providencia” se incluye en una frase que Arriaga adjudica a un naturalista francés… porque, vamos a un último detalle…

Arriaga hace referencia a un “sabio naturalista”. El mismo texto tiene una nota (la número 2), que señala al final de todo el documento: “Mangin”. Se refiere a Arturo Mangin (1824-1887), de origen francés. Hombre de ciencia muy apreciado por aquellos tiempos, en toda América Latina, no sólo en México. Carlos Prince lo menciona por ejemplo en su obra “Origen de los indios de América” (1915), como una referencia relevante. Carlos Prince (1836-1919) fue un destacado cronista, historiador, biógrafo y lingüista, de origen francés que se arraigó en Lima, Perú, a la que consideró su patria adoptiva.

Lo interesante en la referencia que hace Arriaga para invocar al “sabio naturalista” es que no lo utiliza para avalar una aseveración científica, dice: “Y desdeñando los verdaderos tesoros que liberal y abundantemente la Providencia ha puesto en nuestras manos…”, ¡es una aseveración eminentemente moral! No sólo eso, ¡es católica! Y no es gratuito que Arriaga ponga en "boca" de semejante "sabio naturalista" esta aseveración, porque su fuente en cuestión es francesa, la fuente científica reconocida en ese periodo, de hecho prácticamente todos los conocimientos "valiosos" venían de Francia. No la toma de un inglés, ni de un alemán, ¡menos de un norteamericano! Todavía pesaba entonces sobre los "gringos", el estigma de ser los invasores de México, y quienes le "robaron" gran parte de su territorio.

Hoy podría escandalizar a muchos (¿o a todos?), este tipo de “mezclas” entre valores éticos y morales que consideramos eminentemente religiosos, católicos en particular, y los valores éticos y morales que le son propios a la ciencia, y a su divulgación, si es que se pueden argumentar tales… pero siempre acabamos, o mejor dicho, nunca terminamos de deshilvanar aquí el hilo discursivo de un tema que nos lleva a mil más.

Al exponer este asunto no estoy avalando, demostrando, convenciendo, ni pretendiendo argumentar en pro, o en contra, de algo o de alguien, sobre la eterna discusión de las creencias religiosas opuestas, o unidas, a la ciencia, o a los valores éticos y morales que alguna de ellas -la ciencia o la religión-, se suponga que tengan o deban tener. Simplemente me gusto esté tema para compartirlo hoy, porque es Domingo de Resurrección, así es que a todos ¡Feliz Pascua!

¡Hasta la siguiente entrega!

(En la imagen, lámina con la que se inicia la publicación de Arriaga “Malacología”. Es una litografía de Iriarte, “Pesca de la Perla”. Se observa a un par de negros sumergidos en el océano colectando perlas).

jueves, 21 de abril de 2011

Maestros y artesanos (IV y final... ¡la pecaminosa envidia!)



La santa envidia no existe, así que tendré que confesarlo, aquí en público, porque es Jueves Santo… ¡me muero de la envidia cada que veo a las pequeñitas que estudian ballet! En específico las niñas que toman curso una hora antes en el mismo salón del Taller Coreográfico, al que asisto a clases.

Los enormes salones con espejos de piso a techo, pisos de madera y barras, brillan con la luz de las niñitas que pueden mover sus cuerpos con una soltura impecable. Me siento absolutamente torpe, inepta e inferior junto a ellas; incluso junto a mis compañeras de clase. Nuestra joven instructora me permite hacer algunos de los ejercicios de manera un poco distinta a lo que señala la norma, o de plano me indica que no los realice, como el grand plié, lo justifica ante mis rodillas operadas – y seguramente mi edad, aunque discretamente calla al respecto –, pero no me perdona el relevé bien hecho, por supuesto, sin sujetarme a la barra (¡faltaba más!).

No espero llegar a las grandes compañías de ballet. Por más empeño que imprima en la danza, el Bolshoi no lamentará mi ausencia. Con el breve tiempo que llevo ya puedo notar una postura ligeramente diferente, movimientos más calculados, acaso incluso posiciones que me ayudan a embarnecer ciertos músculos muy específicos y finos, en las pantorrillas y los pies, así puedo cargar de menos peso directamente a las articulaciones, lo cual me ayuda bastante ¡Ah… pero las perennes mañas! Acaso me consuela el saber que al menos aprenderé la técnica para reconocer mis propios “callos posicionales” de los cuales no podré librarme nunca, sabré cómo limarlos y mantenerlos a raya.

Las clases de ballet para las pequeñas de menos de 10 años no fueron comunes antes del siglo XIX. Antes de ello se iniciaba tarde en la danza. Con el tiempo se percataron que entre más pequeños se iniciaba mejor era el resultado. De la misma forma, los primeros salones para aprender ballet no eran como los actuales.

Un par de amigas me comentaron que les pareció algo inapropiado que mencionara, en la primera entrega de este ciclo, maestros y artesanos, el sitio “Pendejadas en El Imparcial (y otros medios noticiosos)”.

Uno de los argumentos iba en el sentido de que el primer ejemplo que coloqué

VANDALISMO Y DROGADICCIÓN

Se respira en la colonia San Juan


no era culpa de la reportera, ¡y es cierto! Jeanneth Jiménez tendría toda la razón en reclamarle airadamente a la editora, o al formador de la página, o cualquier otro dentro del periódico, que dada la disposición incorrecta del título éste se malinterpretara. Por otra parte, los mismos editores del sitio no siempre tienen la razón sobre los argumentos que esgrimen para sustentar que una falta es tal, e incluso ellos mismos cometen algunas; también es cierto, este sitio en Facebook que se dedica a recopilar errores, puede considerarse ofensivo desde el título, así como el estilo que muestra al poner el dedo sobre la llaga. Los “buenos modales” pueden discutirse, pero no hay duda, si el dedo puede ponerse sobre la llaga (suave o bruscamente), es simplemente porque la llaga existe. Un hecho impepinable, como diría Sergio de Regules.

Personalmente considero digno de encomio el que alguien tenga el tiempo y la disposición de recopilar tanta información útil para cualquier estudiante de redacción, y maestros vinculados; no se diga la enorme utilidad para periodistas, editores, comunicadores, etc., para conocer lo que no debe hacerse. El sitio parece no haberle sido de utilidad hasta el momento al mismo personal de “El Imparcial”. Ojalá después. En algún momento mencioné, siguiendo a Pirandello, lo útil que es ponernos un espejo enfrente. Las bailarinas en ciernes, e incluso profesionales, los tienen enfrente, siempre. Los salones para entrenar y aprender ballet se llenaron de enormes espejos desde el siglo XIX. Enormes, claros, nítidos… reveladores. En el mismo sentido, el sitio que selecciona los numerosos errores de “El Imparcial” bien se podría considerar un espejo para los profesionales del periodismo. No es perfecto, pero es el que hay por ahora… ¿escupiremos irritados ante lo que muestra?

Comentaba, en la segunda entrega de esta serie de cuatro, lo importante que es la redacción básica, antes de incursionar en la divulgación de la ciencia escrita. Los reporteros de “El Imparcial” no están solos – y no lo escribo para que lo tomen como un consuelo, bien dice el dicho: “Mal de muchos…”–. No sé si es un fenómeno de la juventud actual, pero leo en muchos jóvenes que llegan a nuestra dependencia, en la UNAM, como becarios, que su redacción es muy deficiente. Con frecuencia no pueden estructurar coherentemente una idea... redondita, nítida, resplandeciente. No importa si es simple o compleja, nueva o reusada, de ciencia o de cualquier otra cosa. Se les dificulta mucho acotar una idea. Si ese tipo de marañas semánticas no son propias para una obra literaria, que se supone más libre y expresiva, mucho menos lo es para algún género periodístico o para la divulgación de la ciencia.

Por si fuera poco hay un asunto más con la divulgación de la ciencia escrita, y permítanme divagar un poco más en otra idea (prometo desarrollarla ampliamente en las siguientes entregas... ¡hablando de marañas semánticas! ¡Bien me pueden considerar al burro hablando de orejas!).

Hace unos días, en una conferencia que dictó el Dr. Rafael Guevara Fefer, historiador de la ciencia, planteaba ciertos aspectos técnicos y problemáticas actuales de esta rama de estudio. Una de sus afirmaciones fue reveladora: “La historia de la ciencia tiene un proceso de mímesis con la ciencia”, en el desarrollo de la idea destacó como en muchas ocasiones incluso se pone por encima de la historia a la ciencia misma, cuando lo que debe hacerse, primero que nada, es historia. ¡Qué luz! La divulgación de la ciencia debe de tener exactamente el mismo proceso. Nos concentramos tanto en la ciencia misma que ponemos en segundo término a la divulgación y aseveramos por ejemplo que la divulgación es una "traducción intralingüal” del discurso científico o que la “verdad” que muestre la divulgación de la ciencia “debe ser” tan impecable como la “verdad científica” que divulga (si es que dicha verdad existe), y cuestiones por el estilo… ya no sacudiré más las ramas, por ahora.

La otra cuestión es que las grandes disciplinas, como el ballet, se han forjado a partir de mucho, mucho, mucho tiempo. En la conferencia del Dr. Guevara Fefer comentaba como ni siquiera de la biología se puede hablar como de una disciplina con “tradición”. El término “biología” se “asentó” como tal formalmente hasta el siglo XIX. Darwin, Linné, Humbolt, Buffón, Cuvier… ¡ninguno se reconoció a sí mismo como biólogo! No obstante que sus escritos e investigaciones se consideren fundamentales para la actual biología y su historia.

¿Así es que qué podemos esperar de la divulgación de la ciencia, tan joven, tan unida a la ciencia y con tan pocos “profesionales” y "maestros" en su novel disciplina?

Creo que hay varios aspectos que se tienen que abordar: el primero es precisamente sobre la consolidación de los maestros en los diversos campos de la divulgación de la ciencia; una cuestión de profesionalización de una disciplina que mucho tiene que ver con cuestiones laborales, además de preparación escolarizada. La otra cuestión es no tenerle miedo al espejo; es cierto que en ocasiones es incluso impactante reconocer que la imagen torcida y fea que tenemos enfrente es la nuestra… pero tenemos que verla para saberlo, y para corregirlo. Un tercer asunto tiene que ver con el desarrollo mismo de la disciplina de la divulgación de la ciencia, así completo: divulgación de la ciencia, sin que sea sierva ni de la comunicación (divulgación), ni de la ciencia, un asunto teórico en el que aún tenemos mucho trabajo qué hacer. Y un cuarto y último, porque es un campo al que le tengo especial afecto: es imprescindible conocer y reconocer nuestra propia historia en la divulgación de la ciencia, porque sólo así podremos conocer y reconocer nuestra tradición ¿Qué saben los mismos divulgadores de José Joaquín Arriaga, Jesús Díaz de León, Carlos de Sigüenza y Góngora, José Ignacio Bartolache? De algunos sólo se sabe que existieron, como Alzate. Es muy lamentable que en los cursos que he dictado a quienes pretenden dedicarse a la divulgación de la ciencia no sepan ni de la existencia de los más destacados divulgadores de la ciencia contemporáneos a nivel mundial, Carl Sagan o Isaac Asimov, ya no se diga de alguno de los divulgadores o periodistas de ciencia de siglos pasados, en lengua española… retomo de nuevo al Maestro José Sapién: “Quieren escribir cuento, ¡empápense de cuentos!...”… quieren escribir divulgación de la ciencia, ¡empápense de divulgación de la ciencia!... ¡no sólo de ciencia!... porque ese discurso, ese lenguaje, el científico, es otro, con peculiaridades que la distinguen del lenguaje y discurso natural… pero eso es harina de otro costal.

¡Feliz fin de Semana Santa!




(En la imagen: “La clase de danza", de Edgar Degas, c.1874 - óleo sobre lienzo, 83.2 x 76.8 cm - Musée d’Orsay, Paris -).