lunes, 11 de octubre de 2010

Científicamente comprobado




En la Nueva gramática de la lengua española se define adverbio como: “una clase de palabras invariables cuyos miembros presentan cierta heterogeneidad. Los adverbios se caracterizan por modificar un gran número de grupos sintácticos, especialmente los verbos y los grupos que estos forman (pasear por la calle tranquilamente), los adjetivos y los grupos que les corresponden (sumamente satisfecho de los resultados) , y también otros adverbios y sus grupos sintácticos (irremediablemente lejos de su país natal), pronominales, (casi todos, solo tú) o preposicionales (también de madera, prácticamente sin esfuerzo), y algunos pueden modificar asimismo oraciones (probablemente son ya las cuatro).” (Tomo II, p.2285).

Ya en otra ocasión habíamos comentado algo en este mismo blog con relación al sentido de las palabras, que van mucho más allá de una grafía, un sonido o incluso una definición consignada en el diccionario (Davidson, Chomsky, lenguaje e interpretación).

En la misma Nueva gramática de la lengua española explican ampliamente lo correspondiente a los “adverbios temáticos o de tópico”, que suelen adelantar cierto contenido sobre el que va a centrarse el mensaje (económicamente, legalmente), ahí se incluyen los puntos de vista sobre lo que se expresa (evidentemente, ciertamente) (Tomo II, p.2344).

Estos adverbios no sólo modifican la enunciación de una oración, pueden modificar grupos completos de oraciones, e incluso el discurso íntegro, dependiendo de la parte del discurso en la que se coloquen dichos adverbios. En este caso el orden de los factores sí altera el producto, ¡y lo saben bien los publicistas!

A ello apelan los discursos comerciales que promueven productos novedosos “científicamente comprobados”, desde productos que bajan de peso y hacen crecer lo que sea hasta antiguos productos que antaño se relacionaban estrechamente con la brujería o el esoterismo. Con los discursos “mejorados” nada más por agregar a la ciencia en ellos se reposicionan en el mercado los productos que expone, no importa si el producto es el mismo.

El público por lo general no recapitula estos discursos; no se pregunta sobre la ciencia a la cual se refieren (¿médica, física, química?); qué método se utilizó para realizar alguna “comprobación” en particular; no cuestiona qué “científicos” estuvieron involucrados en la “comprobación”, o qué asociación avala el producto (¿existe realmente esa asociación -si la mencionan-, tiene prestigio académico?); tampoco pone en tela de juicio las pruebas que hacen frente a la televisión. Parece “evidente” que si ven caminar a dos chicas delgadas ante la cámara con un calzado que podría torcerle la columna vertebral a alguien ello es suficiente “prueba científica” para que el uso de este calzado también adelgace al comprador cuando lo utilice.

En un mercado de Pochutla, Oaxaca, encontré unos polvos que podrían considerase de uso esotérico. Es muy probable que se trate del mismo tipo de preparados que la humanidad ha utilizado “desde la más remota antigüedad” (aludo a una muletilla de la que escribimos en Como todos sabemos). Pero ahora, como los adverbios de mayor credibilidad se relacionan con la ciencia en los dos ejemplos que aquí anexo, “Legítimo polvo del retiro” y el polvo del “Poderoso ajo macho”, en ambos se explica: “Por su preparación científica nos trae el bien…”. Además, en el polvo del ajo macho se puntualiza en la carátula del sobre: “Legítimo polvo”, y este adjetivo también es parte integral del título del “Legítimo polvo del retiro”; con ello podríamos inferir que existen otros, pero sólo estos, que se presentan ante el consumidor, son los legítimos, lo cual engarza al destinatario en una red semántica de sentidos que implican que es “el bueno”, “el verdadero”, “el comprobado”, “el mejor de entre todos”, y una gran serie de “virtudes” que revisten al producto de bondades que lo hacen superior entre todos los otros productos de su especie.

Se asoma otro vocablo igualmente significativo: “Poderoso”, además de "macho" (¿por qué no "hembra"?); y uno más con el que yo identifico una larga historia: “curioso”. En las primeras publicaciones periódicas especialmente dedicadas a la ciencia se recurrió con gran insistencia a este adjetivo. El periódico que escribió José Ignacio Bartolache llevó por título: Mercurio Volante con noticias importantes y curiosas sobre varios asuntos de física y medicina (¡Feliz cumpleaños Bartolache!). Muchos otros también ostentaron el “curioso” ó “para los curiosos” en el título o en alguna parte del cuerpo de las noticias: “Diario de Lima, curioso, erudito, económico y comercial” (1790-1793), “Correo curioso, erudito, económico y mercantil” (1801), “Semanario económico de noticias curiosas y eruditas sobre agricultura y demás artes, oficios, etc.” (1808-1809).

Ya comentaremos después lo "erudito" (que nos parece más obvia su utilización en este tipo de periódicos de divulgación científica), y lo "económico" y "comercial" por otro lado; en la actualidad sería extraño encontrar estos adjetivos en publicaciones de divulgación científica.

6 comentarios:

Harry Potter dijo...

Genial! ocupo de ese polvo YA.

Osea que ese polvo es del siglo 18, antes lo mas comprobado era lo aprobado por el Papa :P

te dejo un tema sobre el caso contrario... el miedo a la ciencia.

http://www.radiobemba.org/index.php/archivos/doc/destruiran_sembradios_de_maiz_transgenico_en_chihuahua/

Saludos!!

Libia E. Barajas dijo...

Los polvos como los expuestos seguramente se utilizaban muchísimo antes, "desde la más remota antigüedad". De hecho muchos científicos (si no es que todos) anteriores a la Ilustración tuvieron que someterse a las normas establecidas por la Iglesia (católica o protestante), para "validar" sus teorías. ¡Gracias por la nota periodística!

Matalote dijo...

Hola Libia:

Los ejemplos de los “productos místicos o curiosos” son geniales, por la sencillez de la presentación, los motivos, los colores, los textos, parecen como salidos de una máquina del tiempo, cuando los fenómenos de la naturaleza y de la salud eran todavía un misterio y por eso se les llamaba “curiosos”.

Es muy interesante el tema de los adverbios y la forma en que pasan inadvertidos en un texto, pero influyen en la toma de decisiones. La actitud acrítica del consumidor es más común de lo que podemos imaginar. Casi nadie acostumbra leer las etiquetas de los productos y se deja llevar por la costumbre, el precio o el gusto, sin preguntarse sobre los procesos de producción, los efectos ambientales involucrados, los efectos en la salud, etc. Sabemos que los productos tienen un proceso industrial, un control de calidad y un permiso para su comercialización, eso parece bastar para “confiar” en la “ciencia” y la “técnica” detrás de cada producto.

Por ejemplo, la etiqueta de una crema dice “hipoalergénica”, no se lo que quiera decir, pero suena como una palabra científica y entonces debe ser algo bueno. En realidad se trata de un producto que cuenta con un riesgo bajo de producir reacciones alérgicas. Otra frase del mismo producto dice “recomendada por dermatólogos” es también muy vaga, pero asocio a los dermatólogos con médicos y ellos son una “autoridad” con conocimientos científicos, entonces eso me da la “confianza” para usarla. La etiqueta de un talco dice “dermatológicamente probado” no se sabe qué tipo de pruebas, en animales o en personas, ni cuales fueron los resultados, pero parece ser información suficiente para el consumidor.

La ciencia ocupa un lugar privilegiado en las sociedades modernas. Existe una “confianza” casi absoluta en la ciencia y la técnica, se han convertido en garantía de desarrollo, de calidad, de progreso y de sofisticación. Esa confianza casi ciega en la ciencia es comparable con la confianza que antes gozaba la religión para explicar el mundo. Por eso es tan interesante el estudio del discurso científico del que te ocupas. Felicidades.

Libia E. Barajas dijo...

¡Sí es muy interesante! Sólo esos dos sobres dan material de sobra para más estudios, como bien indicas, desde la ilustración, el diseño, el contexto actual en el que se encuentra, entre muchos otros aspectos. Encontré muchos más polvos, ya los iré compartiendo, incluso el "Legítimo polvo Esposo cumplidor"..."Polvo especial para lograr hacer cumplir al esposo", ¡es una joya! ¡Gracias por los comentarios!

Matalote dijo...

Polvos mágicos y científicos se llevan bien con ideas arcaicas, pero creo que combinan mejor los remedios para curiosos males.

Libia E. Barajas dijo...

En efecto, la cuestión de los remedios también es tan antigua como la humanidad misma, y hay tanto que investigar todavía sobre ello en México. Lo comenté en algo que escribí sobre Antonio López de Hinojosos, quien escribía en la presentación de su libro: " Y doliéndome yo de este, y por los que están fuera de esta ciudad y minas, y estancias, pueblos y partes remotas que carecen de los remedios convenientes, hice este libro, por que cualquiera que supiera leer hallara el remedio para la pasión y enfermedad que tuviere, que este libro de hace mención y sabrá la causa de qué padece, qué es hecha la tal enfermedad, y cómo se ha de curar, y si tuviera llagas viejas que hay remedios muy singulares nunca escritos y nuevamente experimentados..." http://discursoyciencia.blogspot.com/2009/03/los-balbuceos-de-la-divulgacion.html