martes, 3 de agosto de 2010

La divulgación científica “en su tinta”

La primera conceptualización mucho más teórica que se hizo de la divulgación de la ciencia concierne a sus particularidades con relación a la difusión; como la definió Luis Estrada, uno de los principales precursores de la divulgación científica en México: “... cuando se trata de la propagación del conocimiento entre especialistas, se emplea la palabra difusión. Cuando se trata de presentar la ciencia al público en general, se emplea la palabra divulgación. Tanto la difusión como la divulgación son actividades de comunicación” (Estrada, 2002). Años después Ana María Sánchez propondría la siguiente definición que incluso ha sido adoptada en muchos programas nacionales y en otros países: “La divulgación de la ciencia es una labor multidisciplinaria, cuyo objetivo es comunicar, utilizando una diversidad de medios, el conocimiento científico a diversos públicos voluntarios recreando ese conocimiento con fidelidad y contextualizándolo para hacerlo accesible “ (Sánchez, 2002). Finalmente, si se atiende exclusivamente al discurso de la divulgación científica, Lourdes Berruecos afirma que: “El discurso de la divulgación científica se constituye en función del fin que persigue: dar a conocer contenidos de una disciplina del conocimiento con un nivel de lenguaje apto para públicos no especializados". (Berruecos, 1998).

Aún resulta polémico pretender establecer formalmente una definición del quehacer de la divulgación científica. Para nuestra disertación asumiremos que el discurso de la divulgación científica es aquel que tiene la intención de hacer llegar un conocimiento científico especializado a un público lego, por lo que adapta su lenguaje con elementos del discurso general, transformando o eliminando elementos del discurso especializado. Desde la perspectiva del análisis del discurso Daniel Cassany propone el siguiente gráfico para representar la generación del discurso divulgativo.

En algunas cronologías e historias publicadas sobre la divulgación científica (sobre todo en México), aún localizamos vicios y posturas whig que más bien apuntan a una visión triunfalista y lineal de su desarrollo, como en muchas historias de la ciencia se observó durante mucho tiempo, si bien postura ampliamente superada actualmente. Desde esta perspectiva se pueden identificar limpiamente protagonistas, hechos aislados y escenas de foto fija. Esta postura va al extremo de no adoptar las más estrictas metodologías y técnicas de verificación de fuentes primarias y arduo trabajo de archivo, característico de cualquier historiador que pretenda ser objetivo y veraz con su labor.

En algunas cronologías publicadas sobre divulgación científica en México se ha afirmado que la primera evidencia de divulgación científica escrita en América fue un texto periodístico publicado en 1541, en México: Relación del espantable terremoto que ahora nuevamente ha acontecido en la ciudad de Guatemala: es cosa grande de admiración y de gran ejemplo para que todos nos enmendemos de nuestros pecados y estemos prevenidos para cuando Dios nos fuere a llamar. De ello escribimos con amplitud el pasado 21 de junio.

Una de las tradiciones que imperó casi desde Comte y Condorcet consideraba el avance triunfalista de la ciencia sobre de la superstición e incluso la religión. Este modelo parece haber sido trasladado a muchos de los actuales cronistas de la divulgación científica. Sin embargo, si seguimos algunos aspectos propuestos por Fleck encontraremos sentido en el cambio permanente. Para él el conocimiento es como un río en constante movimiento que siempre está alterando las márgenes que lo contienen, de la misma manera, indefectiblemente la ciencia que surge de la actividad científica tiene un devenir relativo, no lineal, no circular, ¡menos triunfal!; y ello es porque en su proceso no sólo están implicados el sujeto y el objeto, sino un tercer elemento que equilibra al sistema, el conocimiento anterior, que es producido por el colectivo de pensamiento.

“El pasado tiende a perder significación en sí mismo, viéndose constreñido a jugar un papel de mero antecedente de las ideas y prácticas del presente” (Lorenzano, 2004). Con esto presente, y sin entrar en detalles que requerirían otro estudio específico, Fleck justifica la existencia de un colectivo de pensamiento, que es producido por una capa social específica y que se crea en cierto contexto espacio-temporal específico. Este concepto tiene paralelos muy semejantes con el de paradigma, propuesto por Khun, y con base en él se acota la problemática del momento, la metodología para abordarlo y el consenso para ofrecer soluciones al respecto.

José Ignacio Bartolache tenía muy claras sus intenciones divulgativas, y muchos de sus discursos, y hechos, avalan su coincidencia con los parámetros actualmente consensuados por las instituciones que se dedican a ello. Quería llevar la ciencia al público más amplio posible. Cuando presentó su Mercurio Volante anunció: “Solamente miro hacia los que no saben, ni son sujetos de carrera... a lo que llamamos vulgo... Nada diré en particular de las mujeres, sexo inicuamente abandonado y despreciado como inútil para las ciencias no más que por haberlo querido así los hombres, y no por otra razón...”. Bartolache asegura además que las mujeres y los hombres sin estudios tienen las mismas capacidades que quienes tienen un grado académico (¡incluso algunas más!), y que el latín, que se utilizaba entonces como lengua culta, sólo era necesario “para entender los libros latinos, pero no para pensar bien, ni para alcanzar las ciencias, las cuales son tratables en todo idioma”.

Y aunque contemporáneo a aquel, Alzate no comparte del todo su concepto de divulgación de la ciencia. El 12 de marzo de 1768 salió a la luz el primer número del Diario Literario de México, del que se publicaron ocho números. En él, Alzate hace referencia a otras publicaciones de su época que en Europa ya consideraban noticias científicas, como el Diario de los sabios de España, las Memorias de la Academia de Ciencias de París, Berlín y Petersburgo, Transacciones filosóficas de Londres y Efemérides de los curiosos de Alemania. Dedica esta publicación al “Señor Público”, y explica que escribirá todo en español (como lo afirma también Bartolache), para que cualquiera que supiera leer y escribir lo pudiera leer, ya que por entonces los textos que se consideraban de corte culto o filosófico se escribían en latín. Invita a los eruditos y sabios a colaborar en esta magna obra y ofrece presentar al público la traducción de textos científicos escritos originalmente en otras lenguas, promesa que cumple cabalmente divulgando en español escritos de científicos de la época. Sin embargo, su apertura no es la que manifiesta el guanajuatense Bartolache. De hecho en la actualidad detectamos también diferentes perspectivas y posturas con relación al concepto mismo de divulgación científica, no obstante, ya ninguna de estas versiones apela a pretender generar “la mayor utilidad y bien del Estado”, ni porque esperamos beneficios de monarca ninguno y menos aún porque estemos “felices de ser vasallos del mismo rey…”, como lo harían los ilustrados americanos en el siglo XVIII.

Entre Alzate y Bartolache podemos identificar un cambio sincrónico, como podría afirmarse de los divulgadores y sus posturas actuales; sin embargo, si nosotros analizamos el fenómeno divulgativo en el siglo XVIII debemos considerar la transformación diacrónica de todos los hechos y el contexto que apenas podemos bosquejar con la poca investigación que aún hay sobre este campo, ya que aún hay mucho por hacer en la reconstrucción de la historia de la divulgación de la ciencia en México.

Esto es lo que fundamentalmente no se ha considerado ni en la cronología ni los pocos esfuerzos historiográficos que se han intentado con relación a la divulgación científica, al menos en nuestro país; exigencia que debería incorporarse en los postulados actuales de la divulgación científica.

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Bibliografía

Berruecos, María de Lourdes (1998) “Análisis del discurso y divulgación de la ciencia”, en Revista Argumentos, No. 29, abril de 1998, Universidad Autónoma Metropolitana, México, pp 21-35.

Estrada, L. (2002) “La divulgación de la ciencia” en Antología de la divulgación de la ciencia en México, Tonda, J., Sánchez, A.M., Chávez, N. (comps.), México, Universidad Nacional Autónoma de México.

Lorenzano, César. (2004) Los ancestros de Thomas Khun (homenaje a Ludwik Fleck). Filosofía e historia da ciencia no Cone Sul: 3º Encontro. Campinas; AFHIC, 2004. pp. 91-101.

Sánchez, A.M. (2002) “El bestiario de los divulgadores” en Antología de la divulgación de la ciencia en México, Tonda, J., Sánchez, A.M., Chávez, N. (comps.), México, Universidad Nacional Autónoma de México.

3 comentarios:

Matalote dijo...

Al negarse a escribir en latín, los sabios espanoles se aislaron de la intelectualidad europea desde finales de la Edad Media. El latín funcionaba como ahora el inglés en la ciencia. Un letrado podía estudiar en cualquier universidad europea y leer bibliotecas enteras con el saber acumulado durante quince siglos o más, siempre y cuando supiera latín.
Por otra parte, el uso del castellano al redactar temas científicos para su publicación, estuvo siempre orientado a alcanzar un público más amplio y menos académico. Ello creo al mismo tiempo un aislamiento profesional, el cual muchas veces se reflejó en el plagio de obras espanolas, que al ser traducidas al latín o a otras lenguas nacionales europeas, simplemente cambiaban de autor. Con ello se amplió también la labor divulgativa de los plagiarios, pero esa era una actividad más o menos normal en ese entonces, al menos hasta que se inventó la cita de pie de página y otras estrategias para citar a los autores y distinguir entre comentario y cita.
Es necesario tomar en cuenta, que desde el siglo XVI las universidades se habían convertido en entidades conservativas. Los eruditos que se hacían preguntas sobre el mundo y la naturaleza no se encontraban en las universidades, sino en sociedades privadas, ahí discutían libremente, experimentaban y escribían sus ideas científicas. Bartolache no hizo más que seguir una tendencia tradicional de escribir en espanol y para el vulgo, como otros autores lo hacían desde dos siglos atrás. Creo que es importante relativizar la labor de estos intelectuales criollos, para no caer en las tendencias whig y no considerarlos como pioneros o únicos representantes de la labor divulgativa de la ciencia, aunque en Nueva Espana si lo son.

Libia E. Barajas Mariscal dijo...

¡Muchas gracias por su comentario! En alguna otra colaboración podríamos comentar algo sobre la Escuela de Traductores de Toledo, en España, donde nació y se consolidó el uso del latín para recuperar las obras clásicas (muchas con contenidos científicos) que estaban destinadas a perderse o a permanecer inaccesibles por mucho más tiempo.

También se llevaría muchas otras colaboraciones hablar sobre los procesos de la creación de las diferentes profesiones vinculadas a la ciencia en España, que no son exactamente iguales a los que se presentaron en la Nueva España, aunque es cierto, que sus vínculos son innegables debido a circunstancias políticas, económicas y sociales.

Otro aspecto muy interesante en su disertación sería hablar sobre el inglés como idioma de la ciencia actual vs el latín como el idioma de la ciencia a partir del renacimiento y hasta el siglo XVIII. El inglés en nuestro tiempo sí se vincula a ciertas naciones muy concretas (de hecho a una), el latín en el siglo XV no era una lengua vulgar en ningún reino. Podríamos conversar un poco sobre eso en alguna otra ocasión.

Las universidades, ¡qué gran tema! Cierto es que en el siglo XVII e incluso el XVIII no eran lo que son hoy. Tendremos que hablar de eso también con más amplitud.

En efecto Alzate y Bartolache no son los únicos, ni los mejores, pero es indudable que su labor, mediada, forzada o acotada a las circunstancias de su época (no podía ser de otra manera, todos somos producto de nuestro propio tiempo), fue significativa. Hemos comentado en algunas otras ocasiones labores de otros divulgadores, anteriores a Bartolache y a Alzate, y continuaremos haciéndolo, porque coincido con usted con que es necesario eliminar las tendencias tipo whig, que nos limitan y prejuician nuestra apreciación de la historia y de nuestro propio legado.

¡Gracias de nuevo por sus comentarios y por su atenta lectura!

Matalote dijo...

Gracias por responden a mi comentario. Me parece muy interesante tu blog y claro que lo leo con atención. Acabo de descubrirlo hace algunas semanas y me agrada mucho la idea de poder comentar algunas cosas sobre la historia de la ciencia y los métodos de representación en la historia y la divulgación. Es un campo de estudio interesantísimo. Hasta pronto.