martes, 22 de marzo de 2011

Doctor dixit (I)

“El experto dijo” se traduciría este título latino. En la antigua Roma los expertos eran artesanos, un gremio realmente poco distinguido, así es que no sería propio que utilizáramos ese vocablo. A quienes equipararíamos con nuestros científicos (los expertos) serían los doctores, personas con profundos conocimientos sobre muchas o una materia en particular (materias “dignas”, por supuesto, no como las que se requieren para ser orfebre o ebanista). Lo de adjudicar a alguien el título de doctor se fue consolidando a partir de las primeras universidades a partir del siglo XIII. Algo muy diferente a lo que hoy consideramos doctor, pero de eso no hablaremos hoy.

Conversábamos sobre la teoría de la Big Picture, y concluíamos lo complicado que es generar cuadros certeros sobre la historia de la ciencia. En el mismo artículo que relacioné entonces (Néstor Herran y Josep Simon, Comunicar y comparar: la historia de la ciencia ante el localismo, la fragmentación y la hegemonía cultural, p. 150), los autores afirman que las visiones de conjunto requieren un gran conocimiento en áreas diversas, por ello actualmente se trata más bien de un trabajo de grupo que individual; agregan que dichas visiones de conjunto se perdieron como una reacción al positivismo:

“… los socioconstructivistas convirtieron en anatema cualquier generalización a escala nacional o internacional. Al desafiar la universalidad de la ciencia, el campo se ha movido hacia la producción de microhistorias que, mientras aclaran el papel de procesos sociales en la construcción de conocimiento científico en contextos locales, han ocultado también la relevancia de los factores macrohistóricos. Pero el análisis macrohistórico es sólo útil si se integra con parámetros macrohistóricos y viceversa. La combinación de diferentes perspectivas es, de hecho, una característica genuina de la historia, que conviene practicar. En nuestra opinión, la exigencia de precisión y base empírica de la historiografía actual es compatible con una mayor apertura cronológica y geográfica que, como veremos, podría basarse en un uso abundante de la comparación y el estudio de procesos comunicativos, en perspectiva internacional. Tratar la internacionalidad como una característica de la ciencia en ciertos períodos y –de manera reflexiva– también de la actual comunidad de historiadores de la ciencia no es tarea fácil. Exige conocimiento de lenguas e historiografías nacionales distintas a la propia y la habilidad para participar en proyectos internacionales con colegas extranjeros. El desarrollo y consolidación de una historiografía más internacional, a la altura de las exigencias de la excelencia académica y del análisis riguroso de la evidencia histórica implica tomar medidas que promuevan una mayor internacionalidad tanto en la formación de historiadores de la ciencia, como en la comunicación de su producción historiográfica”.

La voz de los expertos es más bien singular que plural; aunque se denomine en plural (“los expertos aseguran que...”, “científicos dicen que…”), en realidad se apela a una postura sobre un tema, por lo cual formalmente se trata de una sola voz.

En el Diccionario de análisis del discurso, de Patrick Charadeau y Dominique Maingueneau, los autores señalan en la voz “discurso de especialidad”, que se trata de una “expresión genérica para designar las lenguas utilizadas en situaciones de comunicación… que implican la transmisión de una información perteneciente a un campo de experiencia particular” (p.230). Agregan que los terminólogos Humbley y Candel excluyen las prácticas lingüísticas “no profesionales” como la caza, los deportes y las actividades políticas”; sin embargo R. Galisson y D. Coste sí los consideran como discursos de especialidad. Yo coincido con estos dos últimos autores.

Encontré esta magnífica “crónica taurina”:

Juanito “El Gallardo” sale al albero vestido de púrpura y oro, con medias bermellón. Su traje hace juego con las nubes, que filtran la luz, tiñendo el atardecer de un color morado muy intenso. Levanta la vista y mira al cielo, pero no se hace la señal de la cruz, como los otros. Ni siquiera tiene estampitas de santos. El capellán le ha echado en cara que un torero no puede ser ateo porque todos acaban rezando alguna vez en el ruedo. La grada lo recibe en silencio, como si esperase algún gesto del maestro. El torero se quita la montera y dedica la faena a sus compañeros, que esperan su turno en el burladero, atenazados por el miedo. Juanito se acerca a la puerta de chiqueros. Suena un clarín y aparece un morlaco de seiscientos kilos con una divisa roja y gualda prendida en el lomo, como la bandera que rodea el coso. Juanito se pone de rodillas. Un murmullo sacude los tendidos. El torero da un capotazo sublime a puerta gayola. Se levanta y va hacia la bestia. Se arrima a los cuernos como si fueran dos puñales de goma. El toro embiste. Juanito se arrima más. Enlaza varias verónicas de libro, suaves, elegantes y suicidas, para luego pasar a dos chicuelitas extraordinarias con los brazos a la altura del pecho y tres gaoneras manejando el engaño por la espalda como nadie había hecho desde los tiempos de “El Lagartijo”. Nunca se había visto tanto arte en la plaza del Penacho. Sin embargo, no hay aplausos ni ovación. El presidente se pone en pie y tira hacia abajo de la chaqueta de su uniforme con un gesto autoritario. Pide el cambio al tercio de varas, frenando de este modo la cadena gloriosa de pases. “El Gallardo”, resignado, contempla cómo aparece el picador por la derecha. Mientras se acerca al trote con la pica en alto, mira al torero con desprecio desde el jaco. El público aplaude por primera vez. Luego, Juanito escucha una ovación, y descubre al banderillero aproximándose por la izquierda, serpenteando, con los castigos en alto. Deduce que el presidente ha dado la orden de saltarse el protocolo para pasar directamente al tercio de muerte. Juanito “El Gallardo” agarra con fuerza el estoque de plástico, eleva la barbilla hacia el morado del cielo y se abalanza sobre el toro.

En la primera lectura sólo entendí una tercera parte, quizá menos. Por algunos de los comentarios que encontré en ese mismo sitio constaté que se trataba de una muy buena “crónica taurina”: “Gritaría un "olé", si no fuese tan cruel lo narrado”. Después leí mucho más sobre el suceso. No se trata de una corrida de toros “normal”. Durante la Guerra Civil Española, los días 14 y 15 de agosto de 1936, en Badajoz miles de civiles fueron lidiados y rematados en la plaza de toros.

Leí mucho más sobre el hecho. Si quiere hacer una búsqueda completa sobre el suceso que se narra puntualmente en esta crónica puede encontrarla con la voz: “Juan Gallardo Berjemo”. El cartel de la imagen, al inicio de esta colaboración, la tome del sitio La Masacre de Badajoz: olvidada y sin justicia. También encontré otro sitio.

No se trata ahora de exponer mucho más del asunto. Independientemente de la verdad puntual del suceso, algo atroz sucedió. Un minuto de silencio. Por hoy es suficiente. Mañana continuamos.

6 comentarios:

Matalote dijo...

Libia: Ahora si me quedé muy confundida. El cartel no lo leí antes de leer tu artículo. Quise esperar a tener más elementos para entenderlo. Pero me llevé una gran sorpresa. La crónica taurina me pareció como si leyera un guión de cine. Yo si conozco el toreo, las suertes y los tiempos de una corrida. Por eso me imaginé todo como si lo estuviera viendo, pero claro, también identifiqué detalles contradictorios. Pensé que algo tenían todos contra el torero. Pero que sorpresa tan terrible saber que se trata de una metáfora de una masacre. Entonces si entiendo porqué el cartel taurino con Franco y sus achichincles, así como los símbolos a las orillas. Voy a leer en seguida la parte dos porque no entendí la relación del ejemplo con la historia en sus aspectos micro y macro y la opinión de los expertos?

Libia E. Barajas dijo...

¡Una impactante sorpresa! Aún hoy, que no sé de cierto qué sucedió en Badajoz, me estruja el alma el sólo pensar la situación. He leído discusiones en las que especialistas argumentan que no fueron ocho mil, que "sólo" fueron unos dos mil... así hubieran sido dos. ¡Y luego nos dicen que los animales son los salvajes!

Matalote dijo...

Libia:
Bueno, de los régimenes fascistas uno puede esperarse siempre lo peor. No entiendo porqué Franco sigue siendo tan querido por algunos grupos reaccionarios. Ese momumento gigantesco es una verdadera burla.
Saludos
M.

Libia E. Barajas dijo...

¡Ah!¡La humanidad! Se nos olvida tan pronto nuestra propia historia... ¡qué lamentable!

Pacote dijo...

En esa coleccion hay un olvido imperdonable incluir a Carrillo y....algunos mas.

Libia E. Barajas dijo...

¡Muchas gracias por la observación! En efecto me falta información sobre el hecho para poder evaluar cabalmente aspectos como el que indica. ¡Qué bien que nos lo hace notar! Sin embargo, considero que el ejemplo es adecuado en muchos sentidos para el fin que perseguimos; ojalá comparta esta opinión.

¡Disculpe que haya leído hasta hoy su mensaje!

¡Gracias por su amable lectura!

Libia