miércoles, 23 de marzo de 2011

Doctor dixit (II)

Les compartí el día de ayer una estrujante crónica taurina. La encontré hace algunos meses cuando buscaba material para un curso. Necesitaba encontrar un buen documento, breve, que condensara un género que conozco muy poco, y que tampoco es muy generalizado en México: la crónica taurina. Incidentalmente me encontré que la temática del ejemplo es una recreación de un hecho histórico que desconocía por completo, la masacre de Badajoz. Atroz suceso.

En un acertado comentario de una reciente entrega, Matalote escribía: “Hay títulos que suenan interesantísimos y cuando comienzas a leer te das cuenta de que se trata de refritos infinitos.” Agrega que sólo que uno se tome la molestia en revisar las credenciales del autor uno puede se capaz de conocer qué tan fieles son las fuentes. Aunque dicho sea de paso, las fuentes pueden ser muy buenas y el autor muy poco creativo. Pero en definitiva con este tipo de acciones pretendemos saber qué tan experto, docto o especialista es el autor con relación a lo escrito. Esto es cierto, en parte.

Siguiendo nuevamente al Diccionario de análisis del discurso, de Patrick Charadeau y Dominique Maingueneau, en la voz “discurso de especialidad”, se precisa que éste siempre se identifica con relación a un discurso corriente, común, coloquial. Aclara que no es un discurso espontáneo, se circunscribe a una situación de enunciación particular, ello implica preguntarse “¿cuáles son las condiciones situacionales del acto del lenguaje?”, un acto de lenguaje se “encarna” en los enunciados (ibid p.15); “¿de qué procedimiento (s) discursivo (s) depende?”, esto serían sus “maneras de decir” y finalmente “¿en qué consiste su configuración textual?”, que implica la decisiones lingüísticas que configuran el texto y donde se dispone, esto es qué formas incorporamos, combinamos, cuáles son sus sentidos (a sabiendas de la intención de comunicación), etc. Así es que el discurso de especialidad se caracteriza más por ciertos contenidos y finalidades pragmáticas del mensaje que por los criterios meramente lingüísticos. Esto quiere decir que si bien es cierto que se requiere una dosis de terminología especializada, ello no es indispensable para generar un adecuado discurso de especialidad.

El caso es que encontré que el autor, Manuel Espada, es el seudónimo del escritor español Manuel Sánchez Vicente. A partir de la lectura de los comentarios en el blog del autor, del que tomé la crónica, me enteré que no es un cronista taurino (tuvo que investigar el argot necesario), ¡y tampoco es historiador!

La crónica que presenté es un excelente ejemplo de un género (la crónica taurina), como vehículo para un contenido histórico. No hay duda, es un discurso de divulgación de la historia, ¡sin terminología histórica! La cuestión para que funcione, es decir, para que los lectores aprecien el contenido y la forma, es que deben conocer el argot de la crónica taurina y además reconocer que de trata de un atroz acontecimiento histórico.

Para la comprensión de un texto el lector debe hacer uso, necesariamente, de su conocimiento del mundo y de su propia experiencia de vida… “Del establecimiento de este tipo de relaciones extratextuales ha de depender, muchas veces, el sentido del texto. Como se sabe, el sentido textual no está dado sino que se construye a partir de sus contenidos semánticos explícitos e implícitos; de las implicaturas y presupuestos que ha de develar el lector. Sin este esfuerzo de interpretación el texto puede resultar incompresible”. (Irma Chumaceiro, “El análisis del discurso lingüístico literario: una forma de lectura”, Análisis del discurso, ¿por qué y para qué?, Adriana Bolivar, compiladora, pp. 175-199). Eso fue exactamente lo que me pasó en la primera lectura de la crónica, entendí poco y menos aún distinguí sus alcances. Incluso no me conmoví, en lo absoluto.

Una adecuada comprensión de un discurso depende de que emisor y receptor compartan redes pragmáticas, lingüísticas y culturales de las que está impregnado el contenido y la forma de la comunicación. Así que cuando releí la crónica taurina de Manuel Espada tuve que investigar mucho más aparte de la información que me ofrecía la crónica misma, reconocer el argot del género taurino, y luego conocer el suceso de Badajoz. Cuando releí la crónica con más información se me estrujó el alma. Además, más que la comedia, el drama es algo que compartimos como humanos, podemos entenderlo perfecto en chino, alemán o seri.

Lo que sucede con el discurso de divulgación de la ciencia, para gran parte del público mexicano (¿me aventuro a decir latinoamericano?), es lo que nos sucede con una crónica como la que presenté: desconocemos el contenido e incluso la forma, y por lo general tampoco apela a ninguna peculiaridad humana de base (como el drama de la crónica que les compartí), así es que tenemos pocos alicientes para buscar más información, aparte de la que ya nos ofrecen. Acaso tengamos una idea nebulosa de la física o la biología, ¡ni hablar de las matemáticas! Menos aún sabemos, de bien a bien, si está establecido o no, un argot adecuado para dicha comunicación (como sí lo está para una crónica taurina). Parecen mucho más claras las características de un buen discurso científico, ¿pero el de divulgación científica?

Carmen López, Daniel Cassany y Jaume Martí, en el artículo "La transformación divulgativa de redes conceptuales científicas: hipótesis, modelo y estrategias" (Discurso y Sociedad (ISSN: 1575-0663), volumen 2 (2000), pp. 73-103), exponen una excelente matriz de los factores que intervienen en la generación de un discurso de divulgación científica. En la receta intervienen diversos ingredientes, habrá que ver en qué proporciones… mañana.

2 comentarios:

Matalote dijo...

Libia:
Ahora si te entiendo. De acuerdo a los comentarios que leí en el blog del autor de la crónica, no todos los lectores entendieron de qué se trataba. Algunos entendieron que se trataba de una crónica taurina, como yo. El autor tuvo que precisar en un comentario de qué se trataba. Así sin infomración previa, nadie puede imaginarse de que se trata de un texto literario, ficcionado a partir de un hecho histórico de siete décadas atrás. Leído así, sin conocer al autor y sin contexto, lo tomo como un texto literario, pero nunca histórico. Como dices, todo depende del contexto, del lugar, del tiempo, del conocimiento que el lector tiene de un hecho.
Que interesante!!!

Libia E. Barajas dijo...

¡Exacto! No se entiende de buenas a primeras un texto como el mostrado, ni por el contenido ni por la forma. ¡Qué bueno que te va gustando por donde va el hilo de la disertación!